La firma invitada

Antonio Jesús Ruiz Aguilar

Con apuros, pero resistiendo

HAY que ser muy valiente para levantarse de la cama con la que está cayendo. Afortunadamente, el mundo está lleno de gente valiente que se lo pone por montera y se agarra a la vida, a pesar de que la alegría y el entusiasmo sean trenes que no pasen por todos los barrios. Y ya que estamos, hay que tener ración doble de valentía si se trata de una persona que ha puesto todo sus ahorros y su empeño en su propio negocio.

La inocente idea que muchos hemos expresado alguna que otra vez, qué maravilloso es ser tu propio jefe, cambia radicalmente si se trata del trabajo autónomo. Una figura jurídica que, hoy por hoy, necesita de un balón de oxígeno. Me dirán que antes de que la dichosa crisis se apoderara de nosotros, los autónomos ya requerían de un plan o estrategia que les diera ciertas garantías, pero desde luego con la llegada de la innombrable, la actuación se ha vuelto perentoria. Es como si el enfermo ingresado en la planta hospitalaria hubiera sido trasladado de urgencias a la Unidad de Cuidados Intensivos y al llegar, se encuentra con una sala inundada y un apagón eléctrico.

En la radiografía de mercado que han realizado nuestros empresarios no hay medias tintas. Se destruye riqueza porque el número de autónomos ha bajado en Andalucía (2,3) y aún más acentuada es esa bajada en el caso de la provincia gaditana (3,4).

Estamos asistiendo a la triste ceremonia del cierre de pequeños negocios y medianas empresas. Y por mucho que otros se empeñen en anunciar la llegada de macroempresas, las PYMEs son el auténtico motor de nuestra economía. Por tanto, es imposible hacer ver que no está pasando, que todo sigue girando y que nuestra imparable Andalucía va por el camino correcto. No son horas para andar sacando pecho y sí para atender las demandas que defiende este sector.

Si se paran a pensar, es muy frecuente que conozcamos a algún familiar, amigo o conocido que en un momento determinado tuvo en mente montar su propia empresa o negocio. Otra cosa es reflexionar sobre cuántos han podido sobrevivir. Quienes tienen la inquietud por llevar a cabo un proyecto, saben que el riesgo es el compañero de viaje. Una aventura empresarial es precisamente eso, una aventura. Pero la actual legislación -que ha sido revisada hace sólo un año y medio- convierte la aventura en una carrera de Fórmula 1 sin frenos.

No es de recibo que para muchos sea imposible darse de baja por enfermedad común o accidente de trabajo porque la prestación es voluntaria y acogerse a ella, obviamente, significa aumentar las cotizaciones a la Seguridad Social, dándose otra circunstancia que, a mi juicio, empeora la situación. Cuando el autónomo opta a la inclusión o no de esta prestación, lo hace por un período de tres años. Aquellos que no lo hicieron en el primer año por reducir sus gastos, se arriesgan a pasar los tres primeros años cruzando los dedos para que no suceda nada. Salud de hierro para todos ellos.

Cuando un autónomo tiene que tirar la toalla, como empieza a ocurrir con muchas de las pequeñas empresas que rodean nuestras calles, no tiene un paraguas con el que aguantar el chaparrón. Mientras tanto, la pretendida ayuda por "cese de la actividad" no se ha materializado, ni hay visos. Es curioso que en los momentos de mayor debilidad, la protección quede reducida a un mensaje escueto colgado de la puerta del Ministerio de Trabajo que con muy buenas palabras traslada: "Llamen otro día porque hasta ahora no tenemos suficiente dinero para afrontar un sistema parecido al de los trabajadores por cuenta ajena, máxime cuando éste no para de engrosar su tamaño".

Existe la posibilidad de que las cosas cambien en el futuro porque en el nuevo estatuto, hay una mención expresa a este asunto, así que el espíritu de la ley tendrá que tomar cuerpo. Cierto es que aún está en fase de estudio, aunque tarde o temprano nuestra sociedad tendrá que asumir que hay que rendir cuentas con los autónomos y dar respuesta a esa reivindicación.

Salir adelante no es fácil. Algunos lo están logrando con una receta que no tiene ingredientes mágicos y sí mucho de esfuerzo y trabajo. Reducir márgenes, apurar los costes, echar más horas, negociar pagarés, poner en valor el arte de la imaginación para inventar cada día el futuro. Todo, sin que se inyecte capital proveniente de ninguna subasta de activos, ni tampoco presentando ningún ERE. Que no vengan con milongas, que este colectivo está muy escarmentado y sabe distinguir qué diferencia hay entre promesas, cumplimientos y gente encantada de conocerse a sí misma. Hay que ser más respetuoso con el que se gana el pan con el sudor de su frente y además hace que el de al lado también pueda tirar para adelante. Demos por fin el sitio que se merecen tantas y tantas pequeñas y medianas empresas que están a caballo entre el negocio familiar y la gestión de sociedades laborales y limitadas.

En el tramo de carretera que recorro a diario, me cruzo con los hermanos González, con Bahía Pinturas y con varios más cuyos nombres no he podido memorizar. A todos ellos, mi más enérgica felicitación.

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