Sólo tres apuntes de urgencia antes de sumergirnos en el Domingo de Ramos: Uno. Julian Assange será un villano, un agente de Putin y una mala persona, pero deja para la historia una gran frase que se debería grabar en mármol en la puerta de todas las instituciones públicas y privadas: "A los incompetentes les encanta el secretismo". Amén. Cualquiera con un poco de pátina sabe que los amantes de lo arcano pueblan todos los rincones del mundo, desde el Pentágono hasta el Ayuntamiento de Guarromán, y que es fácil reconocerlos por sus hábitos: tendencia a bajar la voz en público para hacer patente que son depositarios de algún tesoro informativo (es una de las paradojas de esta especie), gusto por los rincones y la murmuración, manía por hablar en clave delante de los demás... Aquello de la "sociedad transparente" que teorizó Gianni Vattimo aún no ha llegado a muchos lugares del planeta. El poder siempre ha estado unido al secreto desde que los primeros sacerdotes egipcios empezaron a tiranizar al resto de sus congéneres.

Dos. No hay duda de que lo del falso-autónomo es una de las muchas caretas que ha adoptado la explotación en nuestro tiempo, la manera que ha encontrado la sociedad poscrisis de dar cobertura legal a lo que sólo hace unos años hubiese sido intolerable. Hoy en día es prácticamente imposible encontrar a un joven con unas condiciones laborales mínimamente dignas. La brecha social, que aumenta cada vez más, tiene un amplio componente generacional. El llamado precariado ha llegado para quedarse y, como ya se apunta, tarde o temprano buscará su propia salida al mar. La ceguera y el egoísmo con el que están actuando las instituciones actuales terminarán pasando factura. A eso antes se le llamaba revolución.

Tres. Hay personas a las que les molesta la presencia de las Fuerzas Armadas en las procesiones de Semana Santa. No comprendemos por qué. Ejército e Iglesia siempre han sido instituciones que se han llevado bien y si alguien no quiere ver a los legionarios llevando al Cristo de la Buena Muerte, en Málaga, o a los artilleros escoltando a San Bernardo, en Sevilla, siempre tiene la opción de quedarse en el bar o marcharse a la playa, donde los Viernes Santo suele lucir un hermoso y atormentado cielo. Eso sí, los políticos es mejor que hagan campaña en las plazas de toros. Las tradiciones pertenencen a todos y así deben permanecer.

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