El aprobado como placebo

La mejor defensa del más débil es precisamente la calidad y el rigor en la enseñanza recibida

Hace unos días, el presidente Macron anunciaba que, entre las medidas adoptadas por Francia para navegar en medio de esta tormenta en forma de pandemia, figura la apertura de los colegios en cuanto sea posible a fin de que los alumnos puedan terminar el curso en forma presencial, aunque para ello resulte indispensable alargar el calendario escolar. La razón esbozada para ello no es otra que la equidad, o lo que es lo mismo, el otorgamiento en favor de los alumnos más desfavorecidos de instrumentos eficaces para no quedarse a atrás, apostando por un verdadera educación de calidad para todos. En esto, como en otras cosas, nuestros estirados vecinos nos siguen llevando bastante ventaja.

Aquí, la izquierda gobernante tampoco ha tardado en sumarse a las proclamas igualitarias, y desde sus apretados bancos azules del congreso ya nos han lanzado sus recetas. Pero como nos podíamos temer, no vienen de la mano de la ayuda en los medios y la valoración del esfuerzo aun siendo condescendientes por las lógicas dificultades de este período excepcional, sino de la concesión del aprobado como norma general salvo contadas excepciones (sic). Si hasta los consejos de estudiantes andan intentando torcerles el pulso a los rectores para escapar indemnes de las evaluaciones on line dispuestas por las universidades, qué podemos esperar en el mucho más poblado colectivo colegial. Nadie en su sano juicio discute que sería más que injusto escandaloso suspender a quien ni siquiera está en condiciones de demostrar sus capacidades, pero de ahí a desentenderse del problema aprobándolos sin más hay un enorme trecho donde trabajar. Es en este espacio, posiblemente, donde se encuentran depositados desde hace años los escombros de lo peor de nuestro sistema educativo, tan generoso en sus aspectos cuantitativos como ineficiente en los cualitativos, y donde naufragan año tras año las innumerables reformas en la materia que mucho anuncian para en realidad resolver poco. En estos tiempos globales donde la brecha social tiende a agrandarse por la perversa dinámica del mercado, la mejor defensa del más débil es precisamente la calidad y el rigor en la enseñanza recibida, ya sea en el colegio como en la universidad, y en este contexto, el riesgo del trabajo sin recompensa es este efecto placebo que da la satisfacción inmediata a la vez que oculta seguras frustraciones futuras.

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