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40 años

Dentro de cuarenta años, no sé si los historiadores conocerán estos tumultos de hogaño como "la rebelión de los pijos"

A la pregunta de para qué sirven los reyes, lo españoles de cierta edad podríamos responder que sirven, por ejemplo, para sofocar golpes de Estado. En febrero del 81, con ETA matando enloquecidamente para provocar el colapso de la democracia, el rey Juan Carlos I escogió ser, en una hora vertiginosa y oscura, el Rey de todos los españoles; incluido aquel Arnaldo Otegi que, dos años antes, había escogido secuestrar a un directivo de la Michelin, como paso previo a convertirse en el hombre de paz que dice Évole. En octubre de 2017, Felipe VI también hubo de empeñarse en la misma labor, con un discurso emocionante, sereno y memorable. Un discurso que llegó, caída ya la noche, cuando muchos habían perdido la esperanza en que la España democrática triunfara.

La diferencia entre ambos golpes, vistos ya con cierta distancia, es que en el 81 nadie pidió un referéndum para que se atendieran las demandas de don Antonio Tejero Molina y la España temerosa, jerárquica y esencialista que lo apoyaba. Esto no ha sido así en los últimos años. Ahora, a lo que se ve, hay que comprender al golpista. Y en mayor modo si es nacionalista, como Tejero. Quiere esto decir que, de darlo ahora, el viso autoritario y el discurso patriótico de don Antonio, distinguiendo entre españoles de verdad y españoles de pega (sin llegar a los extremos líricos de don Quim Torra), quizá hubiera encontrado una comprensión de la que entonces careció. No creo, sin embargo, que ésta sea la razón por la que ayer los socios del Gobierno, excepción hecha de Unidas Podemos, se mostraran reticentes a celebrar el aniversario del 23-F. Lo más probable es que no quisieran reconocer la obvia legitimación que aquel fracaso significó para el "régimen del 78". Esto es, para una democracia europea.

Dentro de cuarenta años, no sé si los historiadores conocerán estos tumultos de hogaño como "la rebelión de los pijos", hoy acaudillados por un burguesito quejicoso y algo lerdo como Hasel. Sí les quedará claro a los estudiosos de entonces que estas revueltas de ahora son hijas de la democracia y el comfort, no de la opresión y el miedo. Cuando el señor Otegi ejercía su honesto oficio de secuestrador, año 79, la democracia pagaba un altísimo precio en vidas. Hoy, es la democracia española quien ampara al señor Otegi, e incluso lo tiene de representante a sueldo. Y también ampara a cuantos como él (Tejero, Pardo Zancada, Junqueras, Puigdemont y una aturdida ringla de golpistas) han pretendido, sin éxito, derruirla.

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