Línea de fondo

fernando / santiago

El año de nuestras vidas

EN 1967 nos fuimos a vivir a Madrid. Mi padre escogió un piso frente al estadio Manzanares, en la avenida del mismo nombre, desde donde se podía ver una portería. Él y mi madre se hicieron socios esa temporada mientras yo vislumbraba una mínima parte del campo desde el balcón. Al poco tiempo murió mi madre y yo heredé su carnet. Durante 10 años fui al estadio con mi padre todos los domingos , lloviese o nevase, hiciese frío o calor, casi como relata el himno de Sabina. Al poco aprendí una norma que seguí con empeño durante todo ese tiempo: solo le pedía cosas a mi padre cuando ganaba el Atleti. Bien es verdad que en esos años el Atleti ganó tres Ligas, tres Copas y la Intercontinental alternados, como no podía ser de otra manera, por alguna eliminación en la Copa frente a un tercera que provocaba las iras de los aficionados, entonces a base de lanzar almohadillas. Es decir, que aquellos años fueron los mejores de la historia del club hasta la llegada del Cholo, por lo que era más fácil que mi padre me diera dinero, permiso o cualquier otra petición. Recuerdo las eliminatorias de la Copa de Europa del 74 con el Estrella Roja o el Celtic de Glasgow(incluido el pasodoble de Los Rumberos que siempre cantaba el difunto Pedro Geraldía) pero sobre todo aquella fatídica final contra el Bayern de Munich que forjó la leyenda, promovida por Vicente Calderón, de El Pupas. La vi con mi padre en casa. Seguro que todos los atléticos de una cierta edad recordarán cómo y con quién vieron aquel partido. Pensé que nos íbamos a desquitar en la Champions del 2014. Llevé a mi padre a ver su último partido en directo, contra el Barça en el Calderón la vuelta de cuartos de ese año, aquel que Miguel Mora llamó en su libro "El año de nuestras vidas". Adquirí la costumbre de llamar a mi padre después de cada partido para contarle cómo había ido pero la cosa no terminó bien, como todo el mundo recuerda. El martes en Múnich ya no pude hacer esa llamada, pero me acordé de aquella final de Bruselas, del gol de Luis Aragonés, del empate en el tiempo de descuento por un central de nombre impronunciable, cuando en el Bayern jugaban 11 alemanes. Supongo que como la mayoría de atléticos que en vivo o por televisión pudimos ver la agónica clasificación de nuestro equipo hace unos días en la capital de Baviera frente al equipo entrenado por Guardiola, justicia poética, la misma que nos brinda la ocasión de ganarle la final al eterno rival del norte de la capital , eliminar para siempre todos los demonios y enterrar para siempre lo de El Pupas, los centrales alemanes y los de Camas.

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