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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

Lo andaluz

Al proponer referentes distintos de los del franquismo, aquel andalucismo siguió ensimismado con sus mitos

La mejor definición del concepto clase media me la dio Miguel Romero Esteo: fuimos a su casa a hacerle fotos y él insistió en posar junto al piano porque esa imagen suya al lado del instrumento "le gustará mucho a las clases medias". Sospecho, en consecuencia, que las clases medias son un poco como el Espíritu Santo: nadie sabe a ciencia cierta qué son pero conviene creer en ellas, por si acaso. Cuando Pedro Pacheco lamentaba en estas páginas el pasado 28F que "las clases medias no fueron capaces de asumir la estructura de un partido que defendiera los intereses de Andalucía", en referencia a la Transición, cabe preguntarse a qué clases medias se refiere. Porque, de nuevo, es importante dejar claro de qué estamos hablado. No sé yo hasta qué punto había entonces en Andalucía una clase media que hubiera podido hacer bandera del andalucismo con los resultados más deseables. En una sociedad marcada a fuego por la desigualdad, con más incidencia, seguramente, que en cualquier otra región de España, y en un contexto de escisión total entre muchos vasallos y unos cuantos señoritos, esa extracción socioeconómica que hubiera podido completar el milagro constituía, sin remedio, una quimera. Por razones de fácil explicación, de acuerdo; pero no se puede culpar a lo que, sencillamente, no existe.

Cuando sí hubo algo parecido a una clase media en Andalucía suficientemente madura, independiente, cultivada y ambiciosa ya era demasiado tarde para el andalucismo. Seguramente porque los valores que el mismo pregonaba, y los símbolos en los que se sostenía, resultaban demasiado estrechos, parciales y añejos, exponentes de un orgullo de pobrecitos al que muchos ya sólo podían mirar como a una reliquia. Para que prenda un nuevo andalucismo capaz de equilibrar el mapa de influencias territoriales en España con mayor justicia, el viejo tendría que afrontar, tal vez, una mayor autocrítica, porque no siempre basta con culpar a los otros cuando se trata de resucitar un cadáver. A la hora de proponer códigos y referentes andaluces distintos de la charanga y pandereta con las que el franquismo quiso alegrar el cotarro nacional, aquel andalucismo pionero siguió ensimismado con mitos, duendes y la moral de siervos que, inevitablemente, tenía los días contados. Al PSOE andaluz le bastó un plato de lentejas para llevarse semejante primogenitura. Y sin clase media a la que pedir permiso.

A lo mejor ese invento político capaz de poner a Andalucía en el mapa sin rencor y con una aspiración plenamente moderna es posible. Pero tendrá que ser distinto. Sí o sí.

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