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El lanzador de cuchillos

Que alguien se lo cuente a Florentino

El fútbol no puede dejar de ser asombroso; es lo mejor que tiene: su porfiada capacidad de sorpresa

Eduardo Galeano era un sofista de maneras reposadas y voz seductora, al que siempre preferí escuchar porque la demagogia entra mejor por el oído. Como el fútbol es, por definición, populista y sectario, las mejores páginas de Galeano son las que dedicó a "esa guerra danzada donde once hombres de pantalón corto son la espada del barrio, la ciudad o la nación". De estar aún vivo, habría dado la réplica al madridismo mediático que trata, con evidente dificultad, de enhebrar el hilo de la Superliga en la aguja de la competición (pretendidamente) igualitaria. El fútbol, por más que lo obvien los apóstoles de Florentino, no puede dejar de ser asombroso. Eso es lo mejor que tiene: su porfiada capacidad de sorpresa. Lo dejó dicho el escritor uruguayo: "Por más que los tecnócratas lo programen hasta el mínimo detalle, por mucho que los poderosos lo manipulen, el fútbol continúa queriendo ser el arte de lo imprevisto. Donde menos se espera salta lo imposible, el enano propina una lección al gigante y un negro esmirriado y chueco deja bobo al atleta esculpido en Grecia".

El 25 de junio de 2006 el Granada jugaba la vuelta de la eliminatoria definitiva por el ascenso a Segunda B. Menuda hazaña, objetarán los elitistas, pero aquella tarde se congregaron en Los Cármenes casi 20.000 personas. Uno de los más importantes de sus vidas. Tampoco olvidarán los aficionados del Málaga el desplazamiento en masa a Beasáin (10.000 malagueños) para ver a su equipo pelear en un campo norteño, de barro y hierba alta, el ascenso a la categoría de plata. El 1 de agosto de 1995 hacía en Sevilla un calor africano. La patronal había decidido sancionar al Sevilla con la pérdida de dos categorías por una cuestión administrativa. Mientras los dirigentes del club no sabían cómo afrontar el descenso, 30.000 sevillistas se echaron a la calle intentando doblarle el pulso a la LFP. El equipo de Nervión se mantuvo en Primera. Una década después iniciaría su glorioso ciclo europeo. Aquel Málaga de Beasáin y de Tarrasa acabó jugando unos cuartos de Champions contra el Borussia Dortmund y no alcanzó las semifinales porque el escocés Thomson validó un gol en fuera de juego de Santana en el minuto 92. El Granada se conjuró contra su propia historia de desgracias para salir del pozo de los campos de tierra y permitirse, 15 años después, disfrutar del sueño ¿imposible? de disputarle una eliminatoria europea al Manchester United. Que alguien se lo cuente a Florentino, por favor.

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