El alcalde de El Puerto, Germán Beardo, está tan encantado de haberse conocido, que le está costando entender que es más sencillo conseguir seguidores en las redes que solucionar los problemas del día a día. Hoy su quebradero de cabeza se llama Rafael Muñoz Leonisio, su célebre jefe de la Policía Local, que ya se hizo popular en verano llamando hija de puta a la portavoz del Gobierno, participando en las caceroladas contra Pedro Sánchez y amenazando con cagarse en "la puta madre" del vicepresidente segundo. Dice que lo hace desde su libertad de expresión -como un facha trasnochado- y en sus ratos libres. Y por lo visto, el tiempo le sobra, porque ha vuelto a ser noticia al firmar el manifiesto de 400 militares retirados contra el Gobierno denunciando el "deterioro progresivo sufrido por nuestra patria hasta límites imprevisibles", y apelando, en su caso, a su presunta condición de reservista.

Las izquierdas exigen su cese inmediato por su sectarismo, y el pobre de Germán Beardo admite que no sabe cómo quitárselo de encima. La plaza de jefe de los agentes municipales definitivamente parece gafada para El Puerto. Que se lo pregunten al ex alcalde Hernán Díaz, que fue inhabilitado por prevaricar tras nombrar a un subinspector para el cargo sin publicidad. A priori, el alcalde portuense sólo tendría que sacar la convocatoria de intendente mayor, vacante desde hace ya tres años. Pero aunque algunos sospechen que no destituye al gran Muñoz Leonisio porque le hizo la ola en la campaña electoral, lo que atenaza a Beardo es la idea de aumentar el gasto de personal. La solución sería más fácil con los Presupuestos aprobados, pero ni siquiera ha logrado sacarlos por culpa, dice, de la pandemia, la mejor excusa de nuestros líderes cada vez que les visita la impotencia.

Cuando el alcalde popular aterrizó en el Ayuntamiento con su extraordinaria bisoñez, dio a entender, con ese puntito de soberbia tan fuera de lugar, que su antecesor en el cargo, el socialista David de la Encina, era un suave carente de criterio. Como si el municipalismo no tuviera secretos para él, llegó a creerse que la gestión sería una enorme pamplina y que en dos días solucionaría los problemas de personal. El histórico follón del aparcamiento subterráneo, que tiene empantanada la entrada de la ciudad y arruinada a la Ribera del Marisco, también sería un juego de niños, y El Puerto recuperaría el esplendor, de su mano, en tiempo récord. Sólo desde este pensamiento tan simple se le ocurrió colocar al frente de Economía a su colaborador más estrecho, Javier Bello, al que tuvo que apartar por su incapacidad para entenderse con nadie y mucho menos con las cuentas, a los dos días. Al menos, rectificó.

Pero hay tantas delegaciones en paños menores, la falta de personal es tan sangrante en áreas como Urbanismo, Contabilidad, Economía, Personal, Medio Ambiente..., que Beardo no se atreve por ahora a sacar la plaza de intendente mayor, por más que le incomode que Muñoz Leonisio siga largando fresco. Teme las críticas, entre otras, de los colectivos sociales que aún no han recibido la ayuda prometida para su cometido. Ni un euro. Y lo más grave es que nada se puede arreglar con un tuit, como ya le gustaría, desde su pantalla. De esta suerte, Muñoz Leonisio, que pasó a ser el responsable de la Policía Local por casualidad, puede seguir insultando a sus anchas, mientras el alcalde continúa confundido entre la persona y la manipulación de la que es objeto su cargo, aspirando al estrellato político, al despegue de su leyenda, al abrazo repentino con la masa en todas sus capas, al todo-por-un-me-gusta.

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