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Una alarma

Tendría que estar haciendo la moviola de la entrevista a Abascal en El Hormiguero o la del desfile nacional de ayer

Soy tan hipocondríaco que, cuando me he puesto a régimen y he adelgazado un kilo, en mitad de la celebración por todo lo alto, me ha preocupado muchísimo estar cayendo en la anorexia. Y, en mitad de esa preocupación, me he preocupado por si estaba trivializando una enfermedad muy gorda. Es lo peor de la hipocondría, que te angustias por enfermedades que tienes la fortuna de no tener, te amargas y, sobre todo, faltas al respeto a los enfermos auténticos. Me pasa con el cáncer de garganta cada vez que me pongo afónico, con el infarto si me molesta el reflujo o hasta con el Alzheimer si me olvido un nombre. Perdónenme. Prometo que al menos me acuerdo entonces con una gran solidaridad de las personas que las padecen de verdad y aprovecho el impulso para rezar por ellas.

Con todo, ya que lo mío es preocuparme incluso en mitad de la celebración, me he buscado un motivo de peso. Y lo he encontrado enseguida. Hasta antes de ponerme a régimen lo último que hubiese hecho yo era hablar de calorías con nadie. Últimamente, mi conversación se desplaza ligera a los temas dietéticos a las primeras de cambio, como si fuesen lo más interesante del mundo. Véase este mismo artículo, donde tendría que estar glosando el desfile nacional de ayer o la entrevista de Abascal en El Hormiguero, y agradeciéndole que no se achantase, como todos hasta ahora, cuando le tocó la difícil papeleta de defender la vida en serio. Pero no, ea, estoy hablando de kilogramos y calorías, girando alrededor de mi cintura en giros (¡todavía!) muy amplios.

Es el problema moral de ponerse a régimen y lo primero que tenemos que evitar, mucho antes que el pan o el vino. La obsesión, tan obesa. Antes miraba a los gorditos con los que me cruzaba con una inmensa solidaridad. Ahora me descubro calculándoles el peso y viendo a ver quién de los dos gana por la báscula. Es una cosa incómoda, impertinente, inútil e intrusiva.

El tópico del gordito simpático tiene, por tanto, su fundamento. Tanto que me propongo ser -incluso si adelgazase algún kilo más- un buen gordo honorario. Bendecir y dar gracias siempre por los alimentos sin hacerles a los pobres esa reducción calórica que los rebaja a química, no torrar a nadie con mis cuitas entre horas y, sobre todo, no pesar al personal que me cruzo por la calle. La dietetitis es una enfermedad real; e inflamatoria, para colmo. El adelgazamiento tiene que llevarse en silencio. Los demás, ¿qué culpa tienen?

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