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Un aire de familia

Doña Adriana Lastra confunde la biología con la política y la ignorancia con la altura de miras

La buena noticia es que el señor Trump cederá el poder sin montar escándalo, como un adulto con modales; la mala es que, ido Trump, aún quedan muchos gobiernos populistas en el mundo. Sólo en Europa tenemos a Gran Bretaña, España, Hungría y Polonia. Pero si volvemos al continente americano, tan próximo a nosotros ("peregrinó mi corazón, y trajo de la sagrada selva la armonía", cantó Rubén), la cosa es aún más dramática. Cómo estará la cuestión en España, que el propio PNV empieza a recelar del Gobierno, acaso alertado por el éxito de Bildu. Lo cual no ha impedido, claro, sacarle unos eurillos al señor Sánchez. Pero sí que se les ve algo mohínos recordando, quizá, sus días crepusculares, y no especialmente honrosos, en Santoña.

Es decir, que el PNV no ha perdido la perspectiva (perspectiva que le lleva a estar siempre en el bando de los acreedores); cosa que no podemos decir de nuestros impetuosos políticos de hogaño. Doña Adriana Lastra manda a callar al señor Guerra porque "somos una nueva generación y ahora nos toca a nosotros", confundiendo la biología con la política y la ignorancia con la altura de miras. Deben ser los primeros frutos de la ley Celaá. El caso es que toda esta mocedad republicana cree hallarse en los últimos días de Alfonso XIII, pero lo cierto es que la situación actual se parece más al ocaso republicano, octubre del 34, cuando las fuerzas revolucionarias decidieron pasar a la acción -el PSOE de Largo Caballero y la ERC de Lluís Companys- laminando la república burguesa. Esta misma ignorancia irrespetuosa de leyes e instituciones es la que parece afligirnos hoy, con las distancias obvias. En ambos casos se trata, aún así, de la erosión de una democracia burguesa, en pos de un ideal revolucionario que implica -otra vez-, junto a la adusta "libertad de los antiguos" que orilla al individuo (Constant), el discurso plurinacional de las razas, las lenguas y los estigmas biológicos de serie. O sea, como la política de la señora Lastra, que deplora los "dinosaurios" en nombre de los protozoos y las amebas.

Que un partido nacional, como el que representa el señor Sánchez, abandere esta involución decimona hacia el seno de la biología, sugiere que la lección del largocaballerísmo no se ha tenido en cuenta. Y tampoco su contraria: la de Julián Besteiro. Sin duda, triunfará lo peor, porque la entropía es la ley suprema que gobierna el mundo. Y, más sencillamente, porque lo malo es lo cierto, como sabía Larra.

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