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Yo acuso

Ya alguna ONG sabrá cómo pasar chalecos a las mafias a costa del contribuyente

Si en el pretendido muro de Trump o en las alambradas de Orban hubieran aparecido una veintena de cadáveres, el mundo entero ardería contra los xenófobos, pero como eso ha sucedido en la Andalucía de Susana Díaz, en la España del doctor Sánchez, la escandalera ha derivado miserablemente hacia el precio de los chalecos salvavidas. Creo que no nos damos cuenta de hasta qué punto nuestros medios empiezan a razonar como los adictos a regímenes bananeros, sí, pero siempre de izquierdas.

Hay temas ante los que este pobre opinador preferiría guardar silencio, no por temor humano, sino por temblor, el que produce encontrarse ante hechos que sobrecogen e indignan, ante el espectáculo conjunto y desgarrador de la muerte atroz, de la hipocresía y de la infamia. Pero una tradición ya muy vieja en la prensa aún libre me permite a mí, que dispongo de esta modesta columna, acusar a los causantes del horror a pesar de no ser nadie y apenas nada poder hacer, quizá precisamente por eso. Y yo acuso, ciertamente, a los mafiosos que se enriquecen con este tráfico, a los usureros de la esperanza que nunca soñaron encontrar tantas facilidades para su inmundo negocio, pero quiero señalar aún más enérgicamente a tanto político demagogo e hipócrita, a los incapaces de enfrentarse al monstruo que ellos mismos han creado por oportunismo y cobardía. A los que pueden establecer estrictamente el calibre y cuotas de la sardina, pero no se atreven a actuar ante la locura de la inmigración sin leyes ni control, incapaces de articular un sistema ordenado e integrador, seguro para los que han de llegar y para las sociedades de acogida.

Y no me olvido de los muchos que por estupidez o ingenuidad les hacen el juego a unos y otros, manipulando sentimientos que deberían ser sagrados, situando a las sociedades europeas ante la disyuntiva de lo malo y lo aún peor: periodistas carroñeros y falsarios, profesionales del buenismo, clérigos desnortados y sensibleros, irresponsables inductores de tragedias, agitadores de malas conciencias, tontos útiles que ahora se rasgan las vestiduras y buscan culpables como sea. Pero hoy son los suyos los que están al frente, no puede utilizarse la acostumbrada demagogia impune, y así el inmenso horror se nos reduce a un problema de falta de flotadores. Tranquilos señores, ya alguna ONG sabrá cómo pasar chalecos a las mafias a costa del contribuyente.

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