Su propio afán

El activista obligatorio

Juanma Moreno reconoce que el andalucismo es una obligación más del cargo de presidente de la Junta

En una entrevista en El País, Juanma Moreno mostraba en una sola lección magistral de once palabras por qué el sistema autonómico no tiene remedio. Confesaba Moreno Bonilla: "Desde que soy presidente soy un activista andalucista, es mi obligación".

Entiéndaseme. No critico al presidente, al que agradezco la certera descripción de la dinámica interior del sistema autonómico, que sí critico. No se trata principalmente de la vanidad (comprensible) de engrandecer la concreta responsabilidad que ejerces, aunque eso también cuenta. Moreno Bonilla, a pesar de todo su poder presidencial, no tiene alternativa, porque el sistema de las autonomías impulsa el particularismo más efervescente.

Quizá esto no se haya visto tan claro por la heroica y sacrificada (escojo estos adjetivos rotundos a sabiendas) actitud de los habitantes de muchas regiones de enfrentarse a la inercia interna del sistema por puro amor implícito a España. Pero nuestra práctica política lleva cuarenta años premiando el egoísmo, la deslealtad y hasta el delito o el crimen (escojo estos sustantivos rotundos a sabiendas). Lo raro es que no haya florecido un "Teruel existe" en cada esquina hace muchísimo tiempo.

Los entes, por una ley de la conservación de las instituciones que corre paralela al instinto de supervivencia de la naturaleza, quieren perseverar en su ser. Lo explica muy bien Carmen Álvarez: "Es necesario justificar la existencia política de las autonomías, por eso sus dirigentes tienen que hacer políticas (muy caras) que inventen una manera identitaria de ver la vida".

Más grave aún es que en las autonomías tengamos asambleas legislativas. Los parlamentos se han asimilado desde el XIX con la representación de una soberanía popular. Está el nacionalismo lingüístico que postula que la existencia de una lengua requiere una nación; pero también hay un digamos nacionalismo institucional que clama que la existencia de una voz (emanada de un parlamento) conlleva la existencia de una soberanía propia. Esto es peor, porque mientras que las lenguas están felizmente mezcladas, la realidad parlamentaria está legal y presupuestariamente consagrada.

En las palabras de Juanma una verdad muy desagradable asoma. Al final tendremos que escoger si queremos un activista irremediable del particularismo local en cada comunidad autónoma, tirando de su cuerda; o un sistema más integrado, que no puede ser el autonómico.

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