Educación Un gaditano consigue la devolución del dinero de un máster contratado que no cumplía las expectativas

La abundancia

Se acabó la fiesta, nos dirán como de costumbre, y muchos podríamos responder: ¿qué fiesta?

Recibida con lógica sorna por los ciudadanos acostumbrados a pasar estrecheces, la ya famosa afirmación del presidente de Francia sobre el final de la abundancia puede relacionarse con aquella otra, convertida en mantra de la última crisis, que sostenía que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades. No es que no se entienda lo que dice ni sobre todo lo que anuncia, nada bueno, evidentemente, pero sus palabras pueden sonar ofensivas a los oídos de millones de personas cuyo nivel de vida no ha dejado de menguar desde entonces y para los que la abundancia de la que habla el presidente sería, en el mejor de los casos, un recuerdo lejano. Cualquiera que lea las declaraciones, sin embargo, podrá comprobar que en el fondo fueron bastante razonables, y de hecho hay quienes han aplaudido su franqueza e incluso comparan el discurso, un tanto rutinaria o hiperbólicamente, con el célebre de Churchill en su "mejor hora". Se le debe agradecer al menos la intención, eso que llaman hacer pedagogía, porque los esfuerzos y sacrificios a los que se refiere, ya bien reales para muchos, parecen inevitables no sólo en su país sino en todo el continente. Es verdad que la libertad, como dijo, tiene un coste y que quizá nos habíamos habituado, desoyendo las lecciones de la Historia, a considerar que la paz, el bienestar e incluso la democracia eran, al menos en esta pequeña parte del mundo, conquistas sin retorno. Y no es así, por supuesto. Pero la velada sugerencia de que todos somos responsables pasa por alto el hecho de que la relativa bonanza de estos años, sin contar el corte brutal de la pandemia, ha estado muy desigualmente repartida, en sociedades cada vez más afectadas por la precariedad, la continua depauperización de las clases medias y la persistencia de importantes bolsas de miseria. Podemos imaginar un futuro aún peor, desde luego, y sin abordar las causas que alimentan la desafección -notoriamente representada, en la misma Francia, por el auge de nacionales e insumisos- será imposible que fructifiquen los obligados acuerdos, necesariamente amplios, para enfrentar las enormes dificultades que se avecinan. De cualquier modo, la sombra o la inminencia de la recesión, que los economistas dan por segura, no permite hacerse demasiadas ilusiones. El esperado otoño caliente, no sólo en lo climático, será el más que probable preludio de otro invierno del descontento en el que la tormenta perfecta, para seguir con las frases hechas, se abatirá sobre nuestras cabezas. Se acabó la fiesta, nos dirán como de costumbre, y muchos podríamos responder: ¿qué fiesta? Estábamos que lo tirábamos y no nos habíamos dado ni cuenta.

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