antonio / porras

La abdicación anunciada

LO menos sorprendente de un sistema constitucional es que las instituciones funcionen. Y la mejor prueba de ese funcionamiento reside en su capacidad de renovación a lo largo del tiempo. Por más que la Monarquía se perciba a veces como una forma arcaica y vetusta, vinculada a claves vitalicias, siempre tendrá la posibilidad de adecuarse a los tiempos, asegurando así claves de estabilidad del sistema. En consecuencia, el proceso de sucesión en la Corona debería convertirse en un acontecimiento de normalidad democrática. Aunque a estas alturas es algo que no debe sorprendernos, cuando es algo que sucede ya hasta con el propio Papado.

Porque si hay algo realmente viejo en política contemporánea es el debate histórico entre monarquía y república: desde el momento en que toda jefatura del estado se somete a un marco constitucional democrático, parecen quedar ya muy lejos los tiempos en que toda república se pensaba como una forma más progresista de Estado, claramente enfrentada a las reminiscencias feudales y absolutistas de la Monarquía. Son debates propios de hace más de un siglo, que no resisten ya la prueba de una dinámica democrática consolidada.

Por supuesto, como vivimos tiempos de prédica milenarista, no van a faltar las voces que invoquen al poder constituyente o que clamen por la urgente necesidad de reformarlo todo: la forma de Estado, el teórico pacto territorial, la forma de gobierno, los partidos políticos y hasta el patio de mi casa. Son voces ya tan habituales, que aparte del puro morbo mediático apenas suscitan el interés ciudadano.

Por supuesto, lo previsible de la noticia no hace sino destacar ahora algunos de los déficits regulativos que aún contenía nuestra Constitución: en este caso la necesidad de una ley orgánica sobre el estatuto de la Corona que cubriera algunos de los detalles pendientes. Cuestiones que al final parece que van a tener que abordarse de forma precipitada y algo precaria.

Se va el Rey Juan Carlos dejando un último mensaje positivo para la sociedad española: la necesidad de un relevo generacional. Un argumento que seguramente debería hacerse extensible al conjunto de nuestras instituciones. Una bonita forma de cerrar todo un balance positivo en términos históricos, al mismo tiempo que se eluden las inevitables salpicaduras que dejan casi cuarenta años al frente de la Jefatura del Estado, alcanzando incluso a su círculo familiar más inmediato.

Es cierto que, en su origen remoto, el Rey Juan Carlos era una figura procedente del franquismo: aunque sus dudas de legitimidad originaria se disiparon desde el momento en que se convirtió en el motor de la transición democrática y se formalizaron en clave democrática desde el instante mismo en que tuvo lugar la aprobación de la Constitución Española. Pero casi cuarenta años al frente de la Corona con sus inevitables tropezones así como una salud precaria, son razones más que justificadas para buscar el relevo, sobre todo teniendo en cuenta el momento dulce que en estos momentos representa el Príncipe, envuelto en un entorno de discreción y de prudencia.

Por supuesto la principal tarea seguramente va a consistir ahora en definir las claves de una modernización de la monarquía capaz de responder a los desafíos del siglo XXI: porque las estrategias de buscar una proximidad afectiva al pueblo así como la proyección a través de los medios de comunicación, son mecanismos que ya fueron puestas en marcha por la monarquía británica tras la I Guerra Mundial. En el difícil y complejo contexto presente seguramente se trata de abrir otras ventanas, incrementando el grado de transparencia y control de la Casa Real sin romper con las claves de equilibrio y neutralidad que deben caracterizar a la figura de un Rey. Es el momento en que el estilo personal del Príncipe tendrá que demostrar hasta dónde llega su capacidad seductiva para conseguir reactualizar aquellas ancestrales funciones de moderación y arbitraje que, desde los tiempos de Benjamin Constant, caracterizan a esta vieja institución europea.

Como sucedía antiguamente en todo momento de sucesión monárquica, el adiós al pasado es al mismo tiempo la bienvenida a un presente que nos abre las puertas del futuro: momentos de incertidumbre donde, como siempre, las instituciones democráticas tendrán que demostrar su auténtica funcionalidad. Y la sucesión normalizada constituye seguramente una de esas pruebas de fuego que pueden llegar a colocar a un país en la historia.

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