ES normal que se haya retransmitido el juicio de José Bretón? ¿Es normal que en todos los informativos hayamos visto la mirada desorbitada del acusado mientras escuchaba las declaraciones de los testigos? ¿Y cómo es posible que casi nadie haya protestado por esa exhibición innecesaria de morbo y de dolor? Hannah Arendt llamaba "banalidad del mal" al hecho de que se pudieran perpetrar determinados hechos atroces como si fueran una simple rutina burocrática que no implicara consecuencias morales de ningún tipo. Y si nosotros hemos aceptado la retransmisión de ese juicio sin pensar en las consecuencias morales de ese espectáculo indecente, todo me hace pensar que ya vivimos en medio de una cultura que ha aceptado como un hecho irremediable no sólo la "banalidad del mal", sino el hecho de que nosotros, como espectadores morbosos y malintencionados, formamos parte de esa banalidad, y por tanto también de ese mal.

Porque está claro que cada vez nos cuesta más entender que hay aspectos de nuestra vida que nunca deberían ser sometidos al escrutinio de las miradas chismosas. Y no sólo eso, sino que algunas cuestiones son tan graves y tan dolorosas que deberían ser vividas por sus protagonistas en medio del respeto más absoluto a su intimidad. Nadie tiene derecho a ver a la madre de los niños llorando en el juicio. Y nadie tiene derecho a ver al padre de esos niños escuchando impasible -y quizá secretamente feliz- cómo la madre de esos niños está llorando en el juicio. Y si creemos que tenemos derecho a inmiscuirnos en el dolor y en la vergüenza de esas personas, es que somos tan banales como malvados.

Y además, en el caso de José Bretón se estaba juzgando un asunto muy doloroso que tiene que ver con el posible holocausto de unos niños y con el dolor inconcebible de una madre. Y he escrito holocausto porque esa palabra designaba en los tiempos bíblicos los sacrificios humanos que practicaban los judíos, por influencia de los fenicios, y que muchas veces suponían el sacrificio de un niño en una pira funeraria, con el fin de expiar los pecados de una persona o de toda la comunidad. La terrible historia de Abraham e Isaac, por ejemplo, tenía que ver con esta clase de sacrificios. Pero nosotros escuchamos los pormenores de un caso así (que si la candela olía muy raro, que si alguien llamó "puta" a determinada persona) como si estuviéramos escuchando muy divertidos una animada tertulia de fútbol. Y eso dice muy poco a favor de nuestra sociedad. Poquísimo.

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