Su propio afán

Voto del miedo

En democracia es muy importante votar en la más perfecta libertad (incluyendo la libertad interior)

Lo que más miedo da del voto del miedo es el miedo. Cabe en el guión y en democracia se vota a menudo contra alguien, pero, en mi ingenuidad, preferiría que votar fuese un acto de afirmación, una apuesta por un programa y un deseo de sumar en libertad (también interior). Lo escribo, como ya han adivinado, porque empieza a extenderse entre la derecha sociológica la alarma de que viene Pedro, que viene Pedro… Es como el cuento de Pedrito y el lobo, pero en posmoderno, con ambos personajes fusionados. El papel de niño que avisa lo hacen ahora muchas estrellas mediáticas de la derecha, como ya lo han hecho antes en tantas elecciones, ¡igual que en el cuento!

Pero a partir de cierto porcentaje de votantes, que los tres partidos de centro, centro-derecha y derecha van a superar, la ley D'Hont apenas penaliza. Incluso puede beneficiar. Otra cosa es en provincias de pocos representantes o para el Senado. O que se pierden los restos, sí, pero ¿quién no está dispuesto a echar el resto por sus principios? En todos los casos, concurren tres circunstancias para tener en cuenta. La primera, es que los tres partidos no son, en absoluto, intercambiables. C's apoya los vientres de alquiler, el PP la política lingüística de Feijoó y Vox quiere aplicar en Cataluña el artículo 17.980, que es el que sale de multiplicar el famoso 155 por el 118 de los estados de sitio, alarma y excepción. No diría que se pueda votar a uno de los tres (pito, pito, gorgorito) indistintamente.

La segunda circunstancia es que, estando las encuestas en un pañuelo, tampoco se sabe cuál de los tres puede ganar en una circunscripción. Bien podría ocurrir que un votante ejerza su legítimo miedo y opte por un voto útil, pero que se equivoque de ganador y vote al que pierda y, por tanto, su voto (¡justo el suyo, ay!) vaya al saco de los objetos perdidos.

La tercera circunstancia es que un voto (el suyo de usted) es una gota en el océano (como el mío de mí). Lo que cada uno de nosotros vote tiene una trascendencia ínfima para el recuento; no para la conciencia personal, donde es el voto que gana por mayoría absoluta, si no por unanimidad. Esto lo saben de sobra los del voto del miedo (que es legítimo, como decía), y por eso no se contentan con votar lo que les parece o les perece, sino que se empeñan en contagiarnos su cálculo cerval a todas horas. Eso es lo peor que tiene el miedo: tan incansable proselitismo.

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