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Cambio de sentido

Volver a ser lo que fuimos

Tan necesario es salir pronto y bien de esta locura como no volver al delirio en el que nos encontrábamos

Esta desgracia sanitaria que estamos viviendo, y que está provocando desorden por fuera (con forma de aparente nuevo orden, al que llaman nueva normalidad) y un desorden por dentro (¿A quién todo esto no le toca en lo más hondo de sí, y le traspapela las certezas?), nos ubica en unos escenarios futurísimos, de megapíxeles, esquijamas para teletrabajar, infoxicación, desinformación y vigilancia a saco, amores -más que líquidos, directamente gasesosos-, contactos sin tacto. Pero también nos manda a la casilla de salida, a un pasado que suena remoto, pues encalar las paredes, llevar mascarilla, poner los puestos en la calle o braseros de cisco y enagüillas en las mesas de las terrazas, se proponen como soluciones razonables para evitar la propagación de las infecciones. Hay quienes se espantan de que algunas de estas medidas suenen viejas. A mí no me parece nada mal, en algunos aspectos, volver a ser lo que fuimos, retomar el trato con las cosas en la forma en que la sabiduría popular ya tenía constatada: nuestras abuelas llevaban una vida menos agresiva con el entorno, más sostenible, menos consumista.

A renglón seguido, pareciera que me desdigo: no quiero volver a ser lo que fuimos. Pero no es una contradicción, es que en esta ocasión me refiero a un tiempo distinto, al pasado reciente que no se remonta más allá de marzo. Retomar todo tal cual era en el punto donde lo dejamos parece ser una esperanza generalizada, pero no es la mía. Lo que había justo antes de la Era Covid, en muchos aspectos y demasiados ámbitos, era dañino para el cuerpo, las sociedades, la biodiversidad o la cultura concebida como algo distinto al mero pasatiempo. No quiero volver a ser región turistificada, londonizada, encarecida o falsificada por un modelo turístico desacertado, no quiero ser saturación del espacio aéreo, ni territorio invertebrado porque suprime sus conexiones internas, no quiero ser la casa donde casi nunca habito, ni franquicia abierta sobre las ruinas de un antiguo comercio, ni la camarera de Europa, ni guitarra de mesón, ni productor en origen que venda lo que ha cultivado a precio de coste. No necesito confundir despilfarro global con consumo local, ni mi cuerpo con el falso reflejo de las influencers. Tampoco quiero deglutir relaciones ni que me devoren en ellas, ni quemar etapas, ni no dejarme en paz. Tan necesario es salir pronto y bien de esta locura como no volver -tan maltrechos- al delirio en el que nos encontrábamos.

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