El soberao

Modesto Barragán

Vivir verano

Ahora sí que acabó el verano del ocio para quien lo tuvo y con él, es de suponer, la dificultad de encontrar un asunto del que ocuparse seriamente en un artículo, tal como reconocía mi vecino Pepe Mendoza. El Diario echa a un lado la sección 'Vivir verano' y se dedica simplemente a 'Vivir'. Con las ganas que tenía yo de ocuparme también de mi colega el locutor de La Caleta, injustamente tratado solo por hacer más liviano el programa, que es lo que hacemos con la calor todos los locutores. El verano nos dice adiós desde unos nuevos trenes en los que da gusto retornar. Deja la puerta entreabierta a las fiestas patronales de media provincia y, en el felpudo, las cifras del paro. Avisa, eso sí, de que falta un año, solo un año, para el bicentenario isleño, de que los franceses ya hace que están en suelo patrio y de que hay que estar preparados. Alerta a los políticos y les toca la campana de la última vuelta en la búsqueda del candidatoman o woman. Quiero, no quiero, quiero, no quiero -se les oye dudar entre los últimos titulares de la canícula-. Es la eterna duda que nos asalta a todos cuando no se ve claro por lontananza, la que debió asaltar a Jenaro el viajero antes de cruzar el charco de vuelta sin su Álvaro Domeq, dejándole a Paco Zambrano un culebrón paraguayo de primeras páginas que viene de perlas para no volver a lo mismo. Qué poco vende la misma monserga en el trabajo de un locutor. Todos huimos de los temas que se repiten como de una agria ardentía, porque a nadie le gusta una mala digestión y menos que se te corte en pleno baño. Tan antiguo como las advertencias de nuestras abuelas a pie de playa tras la copiosa comida con la sandia. Nada nuevo bajo el sol: crisis, gripe A, bicentenario, la esperanza en Las Aletas…

Es septiembre, señores, y viene con malas ideas. Son las 6 de la mañana, la hora nueva del cafelito para el hasta ahora locutor de playa.

NOTA: con mis mejores deseos para el nuevo horario de Aragón, Emilio, que como todos los locutores caleteros saben, no es un astro de la televisión sino un mago viñero, el hombre que sonríe y sonríe, aún sin obra social, en la ciudad que dicen que hace lo mismo.

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