EL ALAMBIQUE

Luis Suárez / Ávila

Vitocho

VITOCHO, el del habla pausada, reflexiva, conciliadora, el de la risa franca, sin aristas, ni recovecos; el deportista, el jurista, el político... ha muerto el jueves. Su madre, Doña Carmen Gabiola, matrona, fue la que ayudó a la mía a traerme a este mundo y yo le guardaba un tácito reconocimiento agradecido, cuando me la encontraba por la calle y la saludaba. Vitocho posiblemente había heredado muchas de las cualidades humanas de su madre, a la que la adornaban la discreción y la forma de hablar convincente y consejera. A Víctor nunca lo vi enfadado. Ni siquiera en circunstancias extremas. En los estrados de los Juzgados y Tribunales modulaba su voz --con razón o sin ella, que los justiciables no siempre llevan la razón, pero tienen el derecho a la defensa- y daba la sensación de convencimiento. Porque trasladar el convencimiento a los Jueces es un arte que no todo el mundo tiene. Con los tiempos, se están perdiendo unos usos y costumbres de urbanidad en el foro que, ciertamente, echo de menos. Lo recuerdo, alegre, en aquellas inefables comidas mensuales que la "Familia Judicial" organizaba y a las que asistían magistrados de la Audiencia, todos los jueces, secretarios, funcionarios, abogados y procuradores del Partido Judicial que, entonces, comprendía El Puerto, Rota y Puerto Real, en las que la camaradería no estaba reñida con la independencia y el respeto mutuo.

Victor Unzueta Gabiola fue un gran deportista, desde muy joven aficionado a la mar, refundador del Real Club Náutico de El Puerto en cuya junta directiva ostentó varios cargos. Y, al cabo del tiempo, el cabecera de lista más votado en las Elecciones Municipales de 1977, las primeras de la democracia. Los pactos entre partidos con menos votos dieron la vuelta al resultado cabal de las urnas y Víctor se mantuvo en la oposición leal y laboriosa, dando muestras palpables de bonhomía y de cariño por El Puerto. Y no fue cosa fácil la transición, ni en las alturas, ni en los ayuntamientos. Simplemente se pudo inculcar en todos el espíritu de gente conciliadora, como Víctor, y mirar hacia delante. Cuando se retiró del ejercicio de la abogacía, Víctor decía que su nueva profesión era "corredor de bolsa", porque le encantaba hacer los encargos para su casa y siempre que me lo encontraba llevaba en las manos bolsas con las compras.

Sus últimos años han estado velados por una cruel enfermedad que lo tuvo apartado de la realidad y del mundo, sin memoria de lo vivido y querido. A los 88, la muerte le ha visitado. Descanse en paz. Sofi, su mujer, sus hijos y sus amigos, lo recordemos siempre con cariño.

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