Vísperas

La mayoría quiere volver a su jaula de siempre, a sus hábitos y a sus afanes

Me tiene narcotizada esta sensación de domingo eterno, este tiempo lento de lecturas, familia y lucha contra la desesperanza. Me asomo a la terraza y tengo la sensación de que han abierto las jaulas del zoológico que habitamos y el arca de Noe se ha quedado vacía para conseguir la salvación del consumismo, la contaminación y demás pecados capitales de nuestra época. La mayoría quiere volver a su jaula de siempre, a sus hábitos y a sus afanes.

El cierre de los bares en España me ha hecho comprender que esto no es ninguna tontería. Los bares españoles son consultas médicas improvisadas, bufetes jurídicos, parlamentos de causas pobres, ahogapenas, confesionarios, parroquias con fieles devotos, cuartos de estar para solitarios mundanos, enfermerías de pupas leves e invisibles y no sé cuántas cosas más. El río de la vida servido por camareros no profesionales, eso son nuestros bares. Mucha de esta gente huérfana, expulsada de sus vidas perras, se han dedicado con resignación a invadir las redes con frases cursis unos y otros con quejas y soluciones como si estuvieran asistiendo a una final de fútbol con un árbitro vendido. Lo de siempre porque los males sólo se curan con males mayores, pero les solemos dar la misma solución.

Por una extraña sensación de intemperie en la que vivo siempre, en el trabajo, en la economía, en los sentimientos, en todo, no me asusta tanto esta incertidumbre como la sensación de pérdida. Atravesamos sin movernos un camino silencioso y ausente por el que vamos a tientas con un reloj de arena que no se gira, que solo marca muertes, contagios y altas con un extraño ritmo descompasado. Las epidemias tienen eso, que le dan a todo un tono bíblico y apocalíptico que nos iguala en la desgracia como un pueblo desheredado. Con lo que eso une.

Es todo tan sutil y a la vez tan desbordado que me da por pensar que estamos en vísperas de nochebuena. Colas en los supermercados, casas atiborradas de comida, familias reunidas al borde de su propio abismo. Luces en ventanas y balcones de celebración íntima, como si la calle fuera un altar lleno de sagrarios con velas que tiemblan, pero no se apagan. Y una risa de un niño que se escapa y una música lejana que no soy capaz de reconocer. Y un piso oscuro y deshabitado. Y una bandera descolorida por el sol de viejas reivindicaciones que ya no importan. Y el silencio solemne que dejan las calles sin tráfico. Y la guirnalda de la fe.

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