Notas al margen

Vila se harta de Kichi

A estas alturas, más que socios parecen un matrimonio que ya no se soporta pero que sigue unido por los niños

Martín Vila está harto de Kichi y de sus cobistas, empezando por los que le recuerdan constantemente que Ganar Cádiz es un cero a la izquierda que le debe la vida al alcalde. El socio de gobierno de Adelante -cuyo dogmatismo a veces roza lo enfermizo- se ha cansado de ser el concejal más odiado de la Bahía, mientras que José María González ejerce de salvador del pueblo: "Hay que cumplir la normativa, pero la gente tiene que comer". Kichi se retrata con la polémica de sus hosteleros de La Viña y para cortejarlos recalca lo que ya planteó el primer día, que prefiere al señor que se busca la vida vendiendo pescado por las esquinas que al policía municipal de turno.

La figura del alcalde no deja de encogerse por disparates como éste, porque no se puede ser más populista. Por esta misma regla de tres, mañana los gaditanos se podrían negar a pagar el IBI alegando que tienen que poner el puchero. Kichi debió pensarlo antes de aprobar la norma, porque ahora a lo que se dedica -más allá de dejar a Vila a los pies de los caballos- es a darle la razón al PP y a los hosteleros, que siempre mirarán por sus intereses, aunque los peatones tengan que caminar de perfil por las calles más estrechas. Si ahora hace una excepción porque le tiembla el pulso en La Palma, ¿qué pensarán en San Francisco o en la antigua Corneta Soto Guerrero? Pues que si al menos hubiese levantado la mano, por ejemplo, con las terrazas de Loreto, habría disimulado. Pero claro, nuestros dirigentes están a lo que están, y toda lectura de la ruptura del idilio entre estos dos socios que no pase por la cercanía de las elecciones andaluzas será errónea.

González no puede hacer la vista gorda en un caso porque, como denuncia Ganar Cádiz, se trata de su barrio, y aplicar las normas a rajatabla en el resto. Que Vila es cuadriculado e inflexible lo saben hasta los rusos. Pero en el colmo de los despropósitos, Kichi olvida que la ordenanza es suya y nada más que suya, del gobierno que preside. Y si ahora no le gusta, lo mejor que puede hacer es admitir que no tiene ni pies ni cabeza y suspenderla por decreto. Que la gente vuelva a poner las mesas donde quiera y que su socio quede de villano para la eternidad. Al fin y al cabo, ya sabía éste con quién se la jugaba, ¿o no?

A Vila no le asusta que los hosteleros exijan su dimisión. Tampoco le importa que sus socios resoplen cada vez que les propone reunirse a las ocho. Lo que no esperaba era un golpe tan bajo. Por eso lanza un aviso con el que recuerda que la demagogia va por un camino y el trabajo serio, que podrá gustar más o menos, por otro. Al parecer, hasta ahora no había percibido que el aroma de épica que perfumó la llegada de Kichi al poder se esfumó el mismo día que cogió el bastón de mando. Está claro que ya no se aguantan bien, pero aún se soportan por apego al poder. Más que socios, hoy parecen un matrimonio roto, que únicamente se mantiene unido por los niños. Ya sólo falta saber hasta cuándo.

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