LÍNEA DE FONDO

Willy / Doña / Wdona@diariodecadiz.com

Los Venancios hacen historia

El fútbol sala rojigualdo añade otra muesca a su palmarés pese a un intento de robo superescandaloso

VENANCIO, a pesar de ser quizá -y sin quizá- el menos afamado de sus cinco componentes, formó parte de la delantera más recitada de la historia del Athletic de Bilbao y, probablemente, del fútbol español. En los años 50 del siglo pasado formaba el taco por los campos de la piel de toro en compañía de Iriondo, Zarra, Panizo y Gaínza, a quienes no desmerecía para nada en el afán eminentemente ofensivo de una máquina rojiblanca que se convertía en una especie de tsunami para las retaguardias adversarias.

Ese inusual nombre de Venancio, que significa cazador en latín. no se ha prodigado en la elite del deporte patrio desde entonces, con toda lógica por el reducido número de españolitos a los que sus padres bautizaron de esa manera desde las hazañas del león rojiblanco. Refrescando la memoria, sólo acierto a recordar al atleta Venancio José Murcia, que llegó a ser plusmarquista nacional de 100 metros lisos pero sin alcanzar finalmente cotas de mayor relieve.

Y ahora ya tenemos al tercer Venancio de la lista, quien por palmarés es el número 1. Parecía que con la marcha de Javier Lozano del puesto de seleccionador rojigualdo de fútbol sala se acabarían los encadenados éxitos internacionales en esta modalidad. Nasti de plasti, porque con José Venancio López en el banquillo ha seguido la retahíla de títulos en un deporte ya muy desarrollado y al que poquito le queda del entrañable futbito que empezaba a abrirse camino en mi infancia.

España ha vuelto a dejar claro que aquí se juega mejor que en el resto del continente, pese a que le han puesto trabas de coco y huevo. Un robo escandalosísimo en cuartos de final ante Rusia se quedó en grado de tentativa porque se acabó ganando la tanda de penaltis. Incluso se llegó a sospechar que el árbitro galo era hijo secreto de Yeltsin, engendrado en plena melopea por ingestión de litros y litros de vodka. Las investigaciones, no obstante, han demostrado que lo único que Yeltsin empinaba durante sus tajás era el codo.

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