El Alambique

francisco / lambea

Turismo somos todos

T RAS varios años de pesimismo hotelero existencial, parece que las buenas noticias vienen a saludar a un sector que cuenta en la ciudad con suficientes atractivos como para que su estado natural sea el de generar esperanza. Uno de los grandes, e inexplicables, déficits, la casi inexistencia de establecimientos en primera, o siquiera segunda, línea de playa va camino de corregirse.

Un grupo inversor quiere construir dos establecimientos en Las Redes (un hotel convencional y un apartahotel) y uno más en Bahía Blanca, zona conocida referencialmente como aquella en que se encuentra la Casa de los Jesuitas. Por otra parte, si las negociaciones con Autoridad Portuaria prosperan, y en principio prosperarán porque dicho organismo suele funcionar con sentido común, algunas estrellas se incorporarán al cielo de La Puntilla.

El proyecto más cercano a su materialización se antoja el de Las Redes. Hay que confiar en que supere también los requisitos medioambientales. El alcalde comenta que sus características se mueven en esa línea, respetando pulcramente cuestiones como la altura o la distancia a la costa, por lo que toca confiar en que los hipotéticos trabajos de construcción, y su resultado final, no alteren la siesta de los camaleones, el cortejo previo al apareamiento de los coleópteros o la parábola de vuelo de las gaviotas adolescentes, de forma que la ciudad no paralice su progreso, beneficiándose, como es lo lógico, de lo pródiga que ha sido la naturaleza con ella, y generando muy necesarios puestos de trabajo.

El Puerto debe creerse algunos postulados, entre ellos los más obvios, como su potencial turístico: el portuense, por egoísmo y/o por solidaridad, ha de concienciarse de que el Turismo, al igual que Hacienda, somos todos. Si se hacen bien las cosas, y se corrigen algunas deficiencias (unas llevan algo más de tiempo, caso de las infraestructurales, otras bastante menos, como una agenda de ocio que nunca se canse de ampliar propuestas), la ciudad no tiene nada que envidiar a poblaciones del entorno que en los últimos años han avanzado notablemente, espoleando el congénito sentimiento de inferioridad de algunos paisanos.

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