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Cuchillo sin filo

Francisco Correal

fcorreal@diariodesevilla.es

'Turandot'

Hace 25 años, ardió el Liceo la misma semana que el Betis eliminó al Barça. Hoy arde todo menos el Liceo

De pronto una imagen en televisión vista de forma fortuita, con ese afán inocente y contemporáneo de ver cómo está el patio o si hay alguna novedad, me trasladaba a veinticinco años atrás. La imagen en cuestión era del telediario: terminada la función de Turandot de Puccini, con el Liceo de Barcelona lleno hasta la bandera, buena parte del público prorrumpía en gritos de verdulera contra la sentencia del procés y a favor de los políticos presos. Esa imagen me llevaba a ese mismo escenario completamente devorado por las llamas el 31 de enero de 1994, dicen que por la negligencia de un soldador. Esa misma semana, el Betis, que estaba en Segunda División, eliminaba al Barcelona de la Copa del Rey. El escurridizo Juanito, un gallego de Ferrol del equipo verdiblanco, le partía la cintura a Ronald Koeman, el héroe goleador de la final de Wembley en mayo de 1992, el año de los Juegos Olímpicos de Barcelona.

25 años después, el Betis está en Primera, el Barça es líder y el Liceo es lo único que no está ardiendo en Barcelona, donde miles de figurantes han desempolvado los libros de Ignacio Agustí para sentirse figurantes de La saga de los Rius o Mariona Rebull mientras juegan a la Semana Trágica. Ese público de la ópera pidiendo la independencia y abominando del Estado centralista sería una hermosa comedia bufa, una parodia de la revolución burguesa, si no fuera por lo mucho que está en juego en el tablero de la estabilidad.

Hace 25 años ardió literalmente el Liceo y metafóricamente el Camp Nou. Al Barcelona lo entrenaba Johan Cruyff, Leo Messi tenía seis añitos y todavía gobernaba en La Moncloa Felipe González. Puede que entonces, con aquellas llamas operísticas de fondo, empezara a joderse el Perú catalán en la que fue patria literaria de Vargas Llosa y de García Márquez, de las ficciones de Arequipa y Macondo. Estaba reciente la euforia del medallero olímpico, que abrió un ciclista de Chiclana, Moreno Periñán, paisano de Fernando Quiñones.

El matonismo de los CDR (Comités de Defensa de la República) recuerda los excesos libertarios que George Orwell describe en Homenaje a Cataluña, esa crónica melancólica de un país maravilloso condenado a despedazarse históricamente, casi desde Wifredo el Velloso. Ahora ellos juegan a que son Juanito para driblar a Koeman, que tenía menos cintura que un ropero, como escribió el gran Pepe Guzmán de Cantudo.

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