Notas al margen

Triste Navidad

Huir de la Navidad parece imposible en estos tiempos que corren, pero en la capital estamos a punto de lograrlo

El espíritu del alumbrado navideño de la capital es tan pobre como el de sus gobernantes. No se trata de una competición, pero tienen razón los comerciantes al quejarse de su baja intensidad. En cualquier villa se respira un aroma más navideño, empezando por Medina. Y hasta los Reyes dejan Cádiz para el final porque su programación cultural y las actividades de ocio ligadas a estas fiestas son deprimentes. Encima les quieren poner a los juguetes en huelga. La iluminación es tan triste que en San Juan de Dios hay días que parece sonar el Réquiem de Mozart en vez del Amor brujo. Y aunque digan que huir de la Navidad es imposible, en Cádiz casi lo logramos al convertirla en un oasis para quienes la detestan. Quienes se indigestan con los pestiños y zambombas y los conciertos porque son intolerantes a este empacho de ilusión y de magia están de enhorabuena. Aquí no tropezarán con un mercadillo de mazapanes, ni con una exposición de belenes, ni con una ruta de luces. Pero como le falte un pastorcito al nacimiento no será fácil encontrarlo en otro sitio que no sea El Corte Inglés o quizá en un pequeño comercio, con suerte,

No vamos ahora a recordar lo práctico que puede resultar celebrar una Navidad como mandan los cánones porque ya lo hacen capitales como Sevilla, Málaga y Vigo dejando patente que estas fiestas pueden resultar rentables si se les sabe sacar partido. Tampoco vamos a discutir los tópicos morales tan manidos porque no es eso, todos sabemos lo cargante que puede resultar una doctrina mal enfocada. Lo que valoramos de estas fechas es la oportunidad de parar el paso y hacer balance entre amigos y en familia, el buen ambiente y la vuelta a casa. Y si encima el comercio y la hostelería hacen caja, pues tanto mejor.

Para justificar tanta desidia municipal, sus detractores dirán que la hemos convertido en un supermercado gigantesco carente de autenticidad. Pero si las razones para celebrar una Navidad sólo se encontraran en la economía y lo superficial, no habría superado tantos siglos de historia y los ateos serían unos mártires. Cualquiera con sangre en las venas disfruta de la Navidad de una u otra forma, salvo cuando el recuerdo de los que se fueron lo impide. Nuestros gobernantes no parecen entenderlo bien y conste que no tienen nada personal contra las luces y el sonido, es más, les encantan los fuegos artificiales. Su problema es que la tradición se les atraganta. No les gusta la Navidad, ni la Semana Santa, ni el día de Patrona, ni el de la Constitución, como se vio en el penoso homenaje del lunes. Tampoco se sienten hijos de la reconciliación que selló la Transición. Y con ello, en la ciudad más constituyente no disfrutamos ni el 19 de marzo para conmemorar que la de 1812 fue la primera Carta Magna que ensancharía las libertades por derecho. Desde que gobiernan los anticapitalistas, siempre dispuestos a romper moldes, el Ayuntamiento vive de espaldas a la tradición. ¿Y qué les gusta a ellos? Ese es un misterio más insondable que el de la Navidad.

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