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Relatos de verano

Manuel barea muñoz

Tragar: II. Recuerdos al concejal

M tiene problemas. No comprende el mundo en el que vive, ni a las personas que lo habitan, sus antiguos compañeros de trabajo, sus vecinos… Tampoco qué es ser adulto. M es carne de psicólogo. Su madre ha muerto y después de enterrarla ha ido derecho a darse un atracón para luego vomitarlo. Es entonces cuando concluye que la comida es su vida. Que su existencia está controlada por todo lo que traga. En consecuencia, M se decide a escribirle sucesivos correos electrónicos a quien una vez fue su terapeuta, el doctor Relimpio, con la necia esperanza de obtener respuesta.

Ilustración: Rosell Ilustración: Rosell

Ilustración: Rosell

From: Manuel Barroso Ruiz <mambrub@hotmail.es>To: Bruno Relimpio Tirado <breti@gmail.com>Date: sáb., 14 abr. 2018 21:23Subject: Recuerdos al concejal

Estimado doctor Relimpio:

Por fin he averiguado la razón de que no pueda seguir tratándome. He leído los periódicos. Tengo tiempo libre y he curioseado. Déjeme decirle que comprendo por lo que está pasando su nuevo paciente. Pobre concejal. Aunque me pregunto si de verdad su trauma es tan grave como insinúan. Si podría catalogarse de trauma. ¿No se le ha ocurrido nunca que algo como la adicción a la comida o la fobia más extrema palidecen en comparación a, no sé, Irene Villa? A mí sí. Le he dado vueltas. He estado valorando su último caso. "Consecuencias accidentales de una práctica sexual autoinducida", dice el periódico citando a los cirujanos. Pero supongo que usted ya lo sabe. Sospecho que le tiene prohibido al concejal leer la prensa. ¿Cuántas sesiones celebran al día? ¿Tres, cuatro? Es de locos (disculpe el chiste malo): cualquier hueco en su agenda, cualquier hueco en su cerebro antes reservado para lunáticos del montón lo ocupa ahora un joven concejal del Grupo Ciudadanos en el Ayuntamiento de Sevilla con un desorden obsesivo compulsivo nacido de la homofobia y la culpa.

¿Y mientras tanto qué se supone que tenemos que hacer el resto? ¿Y si nos han despedido por falta de productividad? ¿Y si sentimos una angustia que nunca se va? ¿Y si el médico de cabecera nos dice que nuestros niveles de colesterol están por las nubes y que tenemos que comer mejor y hacer ejercicio? ¿Y si hemos montado un buen numerito en el DIA luchando con una desgraciada por la última bandeja de chuletas sajonia? ¿Qué se supone que hacemos después?

¿Qué pasa si volvemos de grana y oro todas las noches a nuestra casa y los vecinos nos esperan para vigilarnos? ¿Y si la única forma en que podemos coger el sueño es perdiendo el conocimiento en el suelo de nuestro cuarto de baño?

Imagino que los demás tienen ya demasiadas cosas en la cabeza como para que uno pretenda merecer todas las atenciones del mundo. Por eso no le culpo a usted por haberse ido. Además, no estoy tan solo. He hecho una especie de amigo en Comilones Anónimos. Se llama Dodi. Sí, como el Dodi de Lady Di. Es un tipo realmente gordo. Y muy gracioso. Cuando no recuerda el nombre de algo, lo llama "farfolla". Dice, por ejemplo, "una farfolla de esas para el cuello" refiriéndose a una braga. Es un tipo gracioso. Ya hemos comido juntos. He compartido mis laxantes con él. Al principio era bastante reacio. Me contó una experiencia algo traumática que tuvo su hermana en un viaje a Roma. La chica que estaba sentada a su lado en el avión se tomó un laxante y tuvo que ir al aseo. Se tiró muchísimo tiempo allí dentro. Se formó una cola enorme de pasajeros con las vejigas a punto de reventar, preguntándose qué coño estaba pasando, enfureciéndose, pidiendo explicaciones a la tripulación, cuyos integrantes no vieron otra solución que llamar a la puerta e intentar comunicarse con la chica. Desde el otro lado, cuanto oyeron fue su voz diciendo que había tenido un pequeño problema, que lo sentía, que ya mismo salía, y a continuación la cisterna y un grito espantoso. Después de que, como era de esperar, el pánico se apoderara de la nave, la chica fue capaz de abrir el cerrojo justo antes de entrar en shock, momento en el cual cundió verdaderamente el pánico, ya que, por muy diestros que los azafatos fueran en primeros auxilios, era imposible que nadie a bordo pudiera salvarle la vida a esa pobre chica: tanto su complexión delgaducha como la cantidad de excrementos que había estado expulsando durante la última hora provocaron que la válvula de escape del inodoro permaneciera tanto tiempo abierta que el recto de la chica quedó encajado en el hueco, por lo que su contenido fue también absorbido por el sistema de vacío, en concreto el intestino grueso y parte del delgado, cuyos restos todavía descansaban dentro de la taza cuando la chica logró salir del baño arrastrándose y con el culo sangrando a borbotones. Lo había conseguido. Se había vaciado. El aseo parecía un matadero. Se tuvo que efectuar un aterrizaje de emergencia.

Dodi dice que fue culpa de los laxantes. Yo no me creo esa historia. Pero admito que me mantendré alejado de los aviones. Todas esas barbaridades siempre acaban pasando.

Sí, hay cosas más importantes sucediendo ahí fuera. Pero, meses después, yo sigo acordándome de su pobre concejal. A estas alturas, calculo, ha asistido a unas cien sesiones y usted ya observa ciertos progresos, ¿me equivoco? El chico está más relajado, por fin ha dejado de lavarse compulsivamente las manos y el ano. También ha dejado de dirigir toda su voluntad paranoica a convencer a la comunidad local de que odia las relaciones homosexuales, y da la impresión de que su salud tanto física como mental se aproxima poco a poco al área de confort de sus colegas de partido. Enhorabuena, doctor. Estará orgulloso. Exultante, diría yo. Porque creo que, de una forma intelectualmente enfermiza, usted encuentra mucho más estimulantes las citas con su concejal que a los adictos a la comida o los deprimidos crónicos. Sé que, con él, su vida es ahora de lo más fascinante. Porque con nosotros, la gente común, desearía acabar para siempre. No le culpo, la verdad. La gente común es así. Dan ganas de cargársela.

Afectuosamente, M.

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