Con la venia

Fernando Santiago

fdosantiago@prensacadiz.org

Tiremos la Aduana

¿De dónde van a salir los tres millones para tirar ese edificio y levantar otro en el que alojar los servicios que allí se prestan?

Cádiz es ciudad de plataformas , como donde se clavó el primo Federico. La primera se formó cuando comerciantes gaditanos pidieron a finales del XVII que se trasladase la Casa de Contratación, con el éxito conocido. Durante el siglo XIX se intentó que se declarase Cádiz puerto franco, lo que a la larga provocó la creación de la Zona Franca. A partir de ahí todo ha sido una cadena de plataformas. Para salvar astilleros(con éxito), para que los terrenos ociosos revertieran a la ciudad(con éxito), para que el solar donde estaba el antiguo Hotel Playa fuera un espacio público(fracaso), para que no se instalase la multinacional Alcampo a la entrada de la ciudad(éxito), para que no se fueran las facultades a Puerto Real (fracaso), para que no se cerrase el Mora(fracaso), para que no se pusiese en Santa Bárbara un palacio de congresos(éxito), para que no se privatizasen los SMAES (fracaso). Ahora hay una plataforma para que el Estadio se siga llamando Ramón de Carranza, ya veremos el resultado. Se hizo hace 25 años una ridícula plataforma para que se pusiese en Cádiz una plaza de toros con lo que satisfacer los gustos particulares de unos cuantos, a pesar de las promesas del PP no llegó nunca a materializarse el proyecto, aunque el solar de Navalips sigue vacío, desde entonces tenemos al friki de los cartelitos. El colmo de plataformas absurdas es aquella que propuso y consiguió salvar la Aduana, un pastiche historicista mal situado entre la estación de ferrocarril histórica y el muelle, impulsada desde el Ateneo, ya se sabe lo que hace el diablo cuando se aburre. En Cádiz la gente es capaz de firmar una cosa y la contraria, reunieron unas cuantas firmas y el PSOE en época del exmilitante Paco Cabaña lo apoyó con el único fin de paralizar el proyecto de plaza de Sevilla impulsado por el PP, lo que consiguió . El añorado Julio Malo de Molina se tomó como una causa personal el derribo del edificio para que la plaza de Sevilla recuperase su imagen tradicional, lo que él llamaba "una plaza salón", a la vez que intercambiador entre distintas formas de transporte. El Plan Plaza de Sevilla lleva 15 años parado, hijo del momento en el que se firmó, cuando en España se ataban los perros con longaniza. Lo único que se obtuvo fue el derribo de la Capitanía Marítima y la colocación en su lugar del Queco. El parque, el aparcamiento, el mercado gastronómico, la nueva comisaría, el hotel duermen el sueño de los justos. Ahora el Ayuntamiento recupera la idea de la demolición de la Aduana, cosa que veo bien salvo por un pequeño detalle: de dónde van a salir los tres millones para tirar ese edificio y levantar otro en el que alojar los servicios que allí se prestan.

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