Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Tarjetas

RECUERDO aquellas tarjetas de visita en las que el papel verjurado recogía impresos el nombre y la dirección postal o la razón social de una persona, no sólo con propósito comercial. Las viudas de cierta sociedad mandaban en ellas -por correo ordinario- agradecimientos a quienes le daban el pésame. Y solían encargar esas tarjetas con negrísimos rebordes de mortuoria. Las tarjetas de visita han ido evolucionando de una forma perdedora, como una especie en vías de extinción. Pero como en cualquier mercado en declive y residual, las últimas boqueadas de un producto caduco resultan llamativas. Tarjetas que tienen impresas un recuadro de inexplicables blancos y negros que pueden ser leídas por un dispositivo digital y te mandan a una página web, lo llaman código bidi. O tarjetas de consultores que no sólo te muestran la cara del titular -muy contento y positivo-, sino que te lo muestran vestido de triatleta o de creíble surfero. No debe uno relativizar todo, pero, francamente, ¿qué necesidad hay de hacer de la propia tarjeta de visita un artefacto informativo de tu condición física y, peor, de tu vida privada? ¿Hasta dónde puede llegar la tontería en este baile de vanidad y mixtificación que hace de un ejecutivo más o menos bien pagado una especie de mono de feria que innova en su imagen hasta el límite de imprimir en su tarjeta ese histórico y fatuo momento en el que traspasó la meta de aquella maratón de Nueva York? Me imagino a ese consultor luchando a diario por estar a la altura de tal proeza que alinea su vida pública con la privada. ¿O es que su vida privada es parte necesaria y elemento de marketing de su compañía? La impudicia de muchas personas en las redes sociales tiene que ver con esto: mi mejor foto, mi mejor copa, mi mejor paella, mi récord de minutos por kilómetro a la carrera. Y, ya puestos, todo ello al servicio del posicionamiento de mercadotecnia de la empresa que hoy me paga. Tontuna innovadora. Recuerdo a una alumna al hilo de esto: "Profesor, si hay que innovar en el proyecto, yo innovo. Pero que yo, por mí, no innovaría. Cuando nos ponemos a buscar innovaciones para que nos de usted los dos puntos de empresa innovadora, mis compañeros y yo no paramos de soltar paridas". Y en esa línea acabaremos regalando nuestra vida particular a una vida profesional a quien lo privado no sólo no interesa, sino que no conviene. Pondremos a nuestros bebés fotografiados en la tarjeta y en la red social, para que a nadie le quepa duda de que somos gente provechosa y fiable. Muy buenos padres y muy buenos empleados, y excelentes deportistas de impecable dentadura.

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