Los candidatos a las andaluzas andan de los nervios con las encuestas, porque de lo contrario no se entiende que la mayoría suspenda en el examen por la provincia que, en tono distendido, le trasladamos desde este periódico durante la campaña. Se puede admitir que no todos los aspirantes a representar a Cádiz en el Parlamento andaluz se conozcan su provincia palmo a palmo, pero con sus respuestas ofrecen tantas lagunas, que da la impresión de que algunos no saben ni dónde viven. Algunas preguntas tienen miga y en un caso determinado se puede ignorar que el moscatel es el vino típico de Chipiona. Y no todo quisque tiene que ser tan aficionado al rugby como para situar al mejor equipo de la provincia en El Puerto. Tampoco hay por qué conocerse los gentilicios de San Martín del Tesorillo y de Alcalá del Valle, y se entiende que no todo el mundo haya pisado Las Banderas. Pero de ahí a desconocer qué localidades une la A-382, dónde nació Quiñones o que El Puerto tiene más habitantes que Puerto Real, dista un mundo.

En el caso de Quiñones, se podría pasar que la respuesta hubiese sido Cádiz, pero localizar su lugar de nacimiento en Jerez es de traca. También tenemos candidatos que aún no se han enterado de que Podemos gobierna en Cádiz y Puerto Real, ni de que Manuel Estrella preside la Audiencia Provincial. Alguien puede apelar a la tensión de campaña como atenuante, pero hasta un niño de Secundaria sabe que el Majaceite es el principal afluente del Guadalete. Y la pregunta que flota en el ambiente, a la vista de sus (limitados) conocimientos, es sencilla. Si no conocen su provincia, ¿cómo narices van a defenderla en el seno del Parlamento? Confiarles nuestro futuro es como someterte a una operación con un médico que no sabe muy bien cuáles son las pinzas que necesita. Parece exagerado, pero algún que otro aspirante no sabe ni dónde está la Mezquita de Córdoba, y no es broma. Quizá si los candidatos empleasen más tiempo en escuchar a sus vecinos en lugar de dedicarse a descalificar al rival medrando para pillarle en un renuncio, a todos nos iría mejor. Pero ponen más energías en tratar de colocar un vídeo que se haga viral, que a tomarle el pulso a la realidad. El de Juanma Moreno ante los personajes de Star Wars para apelar a la fuerza contra los dragones de Teresa Rodríguez y su juego de tronos seguro que lo visualizarán hasta en Marte, aunque no se sepa muy bien para qué sirve. A la realidad imaginada en la que viven nuestros representantes y a sus patrones de comportamientos lo llamamos la nueva política. Antes de la revolución tecnológica, sus predecesores sólo se servían de la palabra para actuar, y no se salían del ámbito del debate y el mitin para convencer al electorado y al adversario con sus ideas. Pero ahora apenas hay mítines porque no pueden resistirse a la tentación de las redes sociales para atajar hacia el camino del voto. Esto no quiere decir que no sigan siendo personas normales, pero cuanto más observamos su conducta colectiva en plena campaña, menos se diferencian de nuestros antepasados los simios, que diría Yuval Noah Harari.

Con tanto vídeo y tanta calculadora es casi lógico que muchos de nuestros candidatos jamás hayan pisado el Oratorio de San Felipe Neri, ni el Teatro Romano, que no sepan ni cuántas pedanías tiene Jerez, ni cómo se llaman las playas de Conil y Rota. Están tan pendientes de los me gusta y de las emociones virtuales que apenas se pueden concentrar en la atención primaria y la educación. En realidad, ni siquiera es tan difícil entender por qué suspenden todos en los sondeos.

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