El que está radicalmente en contra del Ingreso Vital Mínimo probablemente nunca lo ha necesitado, o está seguro de que nunca lo necesitará. O las dos cosas. Lo más curioso es que hay quienes son partidarios de las organizaciones de caridad o solidarias para socorro de los pobres pero a la vez repudian que esto se convierta en un mecanismo estatal o en un derecho de las personas, esos seres hermanos nuestros según la cultura cristiana que esos mismos sitúan en la base de Europa y del mundo occidental.

Otra curiosidad para mí es que sólo a raíz de la terrible sacudida del coronavirus la mayoría ha visto la necesidad del ya conocido como IVM. Tanto que los que durante décadas han considerado populista, clientelista e incluso empobrecedor este concepto ahora lo han aceptado sin problemas. Como si los que han quedado en paro o perdido sus ingresos o sus negocios por causa de esta pandemia tuvieran más derecho que los que se vieron abocados a la necesidad por el estallido de la burbuja inmobiliaria, por la especulación financiera, o por el cierre de su empresa.

No faltan, desde luego, quienes advierten contra la perpetuación de este sistema y sólo lo admiten para esta crisis, discriminando otra vez entre una pobreza y otra.

Lo que más abunda es el escéptico e incluso el furibundo contrario a esta medida, que advierte sobre la picaresca humana como si la acabaran de descubrir. En esto digamos que hay casi un consenso, y es verdad que hay numerosos casos que alimentan las sospechas. Parece que todos vemos la capacidad del pobre para pedir de más, para holgazanear y aprovecharse de las ventajas que la sociedad moderna ofrece, para engañar y esgrimir su miseria con el único objetivo de no trabajar y vivir toda su vida de la caridad pública. Y se advierte: "Mucha gente se aprovechará". Sin duda que sí, o por lo menos lo intentará.

Pero hemos visto (el que lo haya querido ver) cómo otros grupos se han aprovechado de numerosas ayudas, subvenciones a cultivos nunca plantados, inversiones públicas a fondo perdido en empresas que jamás se implantaron, a cursos que no se dieron, a proyectos que jamás se controlaron. Malos usos denunciados, pero de los que no se sacó la conclusión de que había que suprimir las ayudas sino controlarlas mejor, porque nunca se sospechó de sus destinatarios en general. ¿Será entonces que se considera a algunos seres humanos, los que menos tienen, más sospechosos que a otros?

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