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Ahora que, siendo como somos profetas del pasado, todos sabemos dónde han estado los errores de los gestores de la crisis del coronavirus, podríamos irnos empeñando en dejar atrás esta tarea y ponernos a aportar soluciones. Descartemos los rezos a las divinidades y santidades: si son nuestros padres y madres protectores, y tienen tanto poder como dicen algunos, no deberían hacer falta los ruegos para que nos ayudaran. Tendría que haber salido de ellos, digo yo. Pero admitámoslo desengañados: en esto han estado dormidos. Incluso alguno se ha hecho el muerto. Cosas de los dioses, tan caprichosos, como ya nos advertían los clásicos, que mejor no invocarlos mucho.

Así pues, estando el manejo de esta horrible crisis sólo en nuestras imperfectas y mortales manos, más nos vale aplicarnos a lo que mejor sabemos hacer y la historia ha validado como la solución. La especie humana ha prosperado a través de los siglos gracias a la cooperación. Un débil homínido sobre dos patas no era nada, pero sumado al grupo todos se convertían en algo imparable. Entonces, y una vez disculpada esta osada referencia prehistórica, bajemos el balón al pasto.

Esto está en manos de Pedro Sánchez y su gobierno porque así lo decidieron los votos. No había otro, le ha tocado a él. Admitámoslo ya. El ejecutivo, que no tiene motivos para presumir de su gestión, no puede acabar con esto solo. Y está ofreciendo que, mediante un pacto, todos los demás partidos aporten soluciones. Lo último que se debe hacer en estos casos es negarse al pacto diciendo que la intención no es creíble; pero ha sido lo primero que ha hecho Pablo Casado. Además, acusa de mentir, pero sin aportar las verdades. Es descorazonador seguir los debates en el Congreso y ver cómo, aun con miles de muertos y una nación confinada, la mayoría se empeña en repetir sus argumentos como si aquí no hubiera pasado nada, con discursos escritos y sin atender a la razón del otro. Como ejemplo: hay quienes en cualquier situación se empeñan en ofrecer la misma solución de siempre, rebajar impuestos. Eso sí, sin dejar de pedir que el Estado dé más, demonizan a quienes se atreven a decir que hay que reforzar lo público.

El remate es oír cómo, en medio del estado de alarma y en un país que acepta obediente que se nos prive de derechos fundamentales, los expertos devenidos en leguleyos afirman que no se puede reformar un reglamento para que los diputados se recorten el sueldo.

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