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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

Simplezas

La democracia parte de la evidencia de que la vida social es compleja y el dictamen absoluto una gran mentira

Resulta significativa la querencia de los portavoces de Vox, reforzada ampliamente en la campaña madrileña, a hablar en nombre de todos los españoles. Tanto Espinosa de los Monteros en el Congreso como Rocío Monasterio en los debates y Santiago Abascal en los mítines subrayan a cada rato que "los españoles quieren esto" o "los españoles están hartos de aquello". Escuchando el otro día de hecho a Ortega Smith una afirmación similar pensé que semejante atribución, la de la representatividad absoluta de toda una sociedad, como si realmente estos políticos supieran qué quieren o no quieren los españoles, me resultaba familiar, formulada incluso a imitación de otro modelo reciente. Hasta que caí en la cuenta: los líderes de Vox juegan exactamente al mismo juego que los nacionalistas catalanes y vascos, quienes no dudan en dejar claro en cada intervención que los catalanes quieren esto y los vascos aborrecen lo otro. Se trata, en todo caso, de delimitar bien los términos entre los nuestros y los otros, una estrategia determinante en la estrategia del procés a la hora de señalar como extranjero a quien no comulga con el credo independentista. Exactamente con el mismo criterio, Vox no se queda en la mera representatividad, sino que distingue entre los españoles (los suyos) y los que no lo son (todos los demás).

Y conviene, por si acaso, identificar en este juego el principio de la aceptación social del fascismo. Cuando, históricamente, una determinada sociedad ha dejado el poder político en manos del totalitarismo (algo de esto nos recuerda Hannah Arendt), no lo ha hecho empujada por la monstruosidad, ni conquistada por la brutalidad, sino sedienta de soluciones simples. Un discurso político basado en argumentos determinantes, fáciles de asimilar y marcados en trazo grueso, hábiles a la hora de administrar identidades y dejar claro dónde están unos y dónde están los otros, ganará sin remedio la adhesión de muchos, especialmente en una sociedad hastiada y sin horizontes claros. Ocurre, sin embargo, que la vida no es simple, ni el mundo tampoco: nadie puede arrogarse el derecho a hablar en nombre de una sociedad como si de un partido entre blancos y negros se tratara. La democracia parte de la evidencia de que la vida social es, por el contrario, compleja. Y de que los dictámenes absolutos no son más que una gran mentira. Por mucho éxito que tengan.

Así que, frente a la soluciones simples, tal vez convenga asumir de una vez la intolerancia que reclamaba Popper para mantener la integridad de las sociedades tolerantes. De lo contrario, ya se sabe lo que hay.

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