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Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Silencios

Los secesionistas se han dotado de un discurso, rastrero pero efectivo, que no ha sido contrarrestado

Dentro de unos años habrá que escribir la historia de estos tiempos convulsos en los que se ha puesto en riesgo la cohesión nacional, la convivencia entre los españoles y se ha creado una fractura social en Cataluña cuyas consecuencias no se pueden todavía adivinar. La imagen de medio hemiciclo del Parlament vacío mientras el otro medio entonaba un himno y algunos levantaban el puño es de una gravedad como no se recuerda en España en los últimos cuarenta años y para cualquiera que conozca, aunque sea por encima, la historia del último siglo en nuestro país es trágica y estremecedora. Creo que no hay que explicar más. Cuando bajen las pasiones y las aguas vuelvan a su cauce, que siempre lo hacen; cuando los historiadores puedan descifrar las claves de lo que está pasando -ahora lo tenemos encima y es mucho más complicado- habrá que dedicar un capítulo no pequeño a los silencios que han rodeado todo este proceso. La aventura secesionista de Cataluña, que ya veremos cómo termina, ha sido posible porque se ha dejado a sus promotores dotarse de un discurso populista y rastrero pero efectivo, mientras que los que debían posicionarse en contra han guardado silencio. El España nos roba ha campado a sus anchas sin que nadie ni nada lo contrarrestara.

Silencio, en primer lugar, del Gobierno de Rajoy, confiado en el tancredismo que terminará costándole caro; silencio, también, del primer partido de la oposición, sumido en una crisis de liderazgo y de proyecto político que lo ha hecho enviar señales confusas y que, en la práctica, lo ha puesto fuera de juego. Pero también, silencio de esos colectivos que están al margen de la política, pero que juegan un indudable papel social y a los que hay que exigirle que se comprometan cuando es necesario. Ahí está la Iglesia, la española y específicamente la catalana, que no ha dicho esta boca es mía; ahí está el mundo de las grandes empresas y del sector financiero, especialistas en nadar y guardar la ropa; el de la cultura que tanto partido le ha sacado, cuando le ha convenido, a situaciones políticas en las que era rentable levantar la mano; el del deporte, en el que al menos el Barça ha tenido la decencia de ser coherente con lo que representa desde hace muchos años.

En todos estos colectivos, con alguna honrosa excepción como la de Rafa Nadal, se ha preferido mirar hacia otro lado y dar la callada por respuesta. Se le ha dejado todo el terreno libre a los que querían quebrar la convivencia porque están convencidos de que pueden sacar partido de ello. Así nos ha ido y así, seguramente, nos irá.

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