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Servicios de Inteligencia

Que los servicios secretos tienen un papel esencial se constata por el terco interés de Iglesias por controlarlos

Hay noticias que sí son bombas: «Los servicios de espionaje de EEUU acusan a China de haber ocultado las dimensiones de la epidemia del coronavirus publicando cifras artificialmente bajas del número de contagiados y fallecidos». O sea, que los servicios de espionaje estaban esperando que su gran competidor estratégico les llamase por teléfono, como Gila, y les pusiese al día de cómo iban las cosas por allí. Ese titular y el de un entrenador de fútbol acusando al equipo rival de regatear demasiado en las cercanías del área serían equivalentes. ¿A los servicios de inteligencia habría que llegar pensado, pero si eso es exagerar, hay que llegar, al menos, llorado.

Cuando escribí un artículo sobre nuestro CNI en el que me dejaba caer con alguna broma por el estilo, un querido amigo me recordó dos cosas muy pertinentes, y además con delicadeza. La primera, que muchos agentes habían dado la vida por España; y la segunda, que en las características de unos servicios secretos va de suyo que, cuando las cosas salen bien, se presten servicios y éstos sean y permanezcan secretos, mientras que los fracasos resultan inservibles y, encima, estentóreos.

Que los servicios secretos tienen un papel esencial se constata por el terco interés de Pablo Iglesias por controlar los nuestros. Éste no da puntada sin hilo revolucionario, y haber cometido la indignidad de aprovechar el coronavirus para colarse en la sala de mandos del CNI demuestra hasta qué punto son vitales. Por eso, nos tendríamos que preocupar; y también por las suspicacias que la presencia del líder populista despertará en otros países. Éstos serán más reticentes aún que los chinos a compartir datos, que es la fuente de información (como se ha visto) principal.

Con todas las excepciones y honores, hay que reconocer que al menos en este caso los servicios de inteligencia occidentales no han estado finos. Como no lo han estado los Gobiernos y sus ministerios de Exteriores y de Sanidad, ni tampoco los grandes medios de comunicación. La información de primera mano requiere tiempo, trabajo y viajes. Es, en consecuencia, muy cara, tanto para los periódicos como para los Estados. Espero que de ésta salgamos dispuestos a replantearnos muchas cosas (la deslocalización industrial, la preparación de los ministros, el peso de las ideologías en las decisiones…) y, entre ellas, la atención a y de nuestros servicios de inteligencia.

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