Septiembre va de recogida

Septiembre apenas tiene ya turistas, ni veraneantes, y aquellos cruceros de antaño no llegan al muelle

Los últimos días de septiembre son los más tristes del verano en Cádiz. Ha entrado el otoño oficialmente (aunque aquí se intenta estirar el verano hasta el día del Rosario) y en la playa se percibe esa decadencia de lo irreparable, con los niños en los colegios donde empezaron el curso a trompicones, con los padres que trabajan o puede que teletrabajen entrenándose para otro confinamiento. Estos días flota en el ambiente un miedo a lo desconocido. No sólo a las segundas olas, que son más asumibles en una ciudad donde fue frenado un maremoto en la calle de La Palma, sino al qué pasará. Estamos gobernados por personas de decisiones impredecibles, que pueden salir por la vía de Tarifa, o vaya usted a saber por dónde.

En estos días finales de septiembre suelen llegar las primeras lluvias y los primeros fríos, el anticipo de un otoño que en Cádiz se relaciona más con los Tosantos. ¿Se escapará esta fiesta al capado general de las celebraciones? ¿Logrará sobrevivir, aunque sea con mascarillas y distancias, en los mercados de la Plaza y del Rosario?

La procesión de la Patrona ya ha sido suspendida, como todas. Por lo que el 7 de octubre se vivirá en la intimidad de su santuario de Santo Domingo, sin nada especial en las calles de Cádiz. Y después de octubre llegará noviembre, que es el mes más temido. No por la noche de Halloween, sino porque los Fieles Difuntos tengan demasiada compañía de nuevas ánimas benditas.

Septiembre va de recogida, casi a paso de horquilla. Y se perciben los primeros atisbos de una sonata de otoño. En la playa, las mareas altas acercan un presagio de soledades, que se secan en las orillas. Septiembre apenas tiene ya turistas, ni veraneantes (que no es lo mismo), y aquellos cruceros de antaño no llegan al muelle, donde las previsiones se rompieron y donde se sigue esperando un futuro mejor. Septiembre, según avanza, parece que ya es octubre, y que va a echar el cerrojo a los restos del verano.

En las playas semivacías vemos las olas cansinas, cumpliendo su rito milenario. No hay problemas con las distancias, ni vigilantes, ni policías. En los hoteles de Chiclana, Conil, Zahara o Tarifa se salvó en parte la temporada de agosto, pero en estos días primeros del otoño ya hacen balance. Es el pórtico al cierre que se anticipará. Otro paréntesis, hasta que vuelva el calor.

Y, sin embargo, en esas olas que llegan a la orilla, en ese mar que ya es más verde que azul, intentamos buscar un mensaje de esperanza. Apenas quedan los sueños de un tiempo perdido. Apenas queda nada.

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