tribuna de opinión

Alejandro del Valle Gálvez

Catedrático de Derecho Internacional

Sahara, ¿español?

Cualquier solución puede ser legal si la acuerdan las partes bajo el techo de ONU y con el respaldo saharaui

Manifestación a favor del pueblo saharaui celebrada en Córdoba.

Manifestación a favor del pueblo saharaui celebrada en Córdoba. / Juan Ayala

SI salimos del Sahara Occidental o "español" en 1976, ¿nos podemos seguir desentendiendo hoy de estos saharauis que eran compatriotas, nacionales españoles de pleno derecho de las provincias de Saguia el Hamra y Río de Oro? Cuando España comenzó un proceso de descolonización bajo bandera ONU, asumimos como Estado responsabilidades internacionales de envergadura, principalmente celebrar un referéndum de libre determinación al reconocido pueblo saharaui.

Hassan II denominó como un chantaje a España la presión de la Marcha Verde para hacer que nuestro país, en plena agonía del dictador, firmara un pacto ilegal que permitió a Marruecos y Mauritania -como hicieron Hitler y Stalin con Polonia en 1939- ocupar militarmente y repartirse el Sahara. Refugiados, exilio, asesinatos de población civil... la guerra se detuvo tras retirarse Mauritania del sur, y fijarse por acuerdo entre Marruecos y el Polisario un alto el fuego que deja como cicatriz en el mapa un muro divisor de arena de 2.700 kilómetros. Cientos de miles de refugiados, desde entonces, esperan en Argelia. También se pactó celebrar un referendo de autodeterminación, eligiendo entre independencia o integración en Marruecos. El Consejo de Seguridad ONU, en 1990 y 1991 aprobó este Plan de Arreglo como el marco jurídico básico para proceder a la descolonización, y creó una misión de cascos azules para preparar el referendo.

Desde entonces, una parte del territorio se encuentra bajo ocupación marroquí, la otra parte es controlada por la República Árabe Saharaui Democrática, y los cascos azules están desplegados en todo el territorio. Pues bien, Marruecos boicoteó el refererendo y en 2007 decidió incumplir lo pactado en 1990, proponiendo como única solución la integración en su Estado mediante un modelo de autonomía para el Sahara.

Todo se acelera a partir de diciembre de 2020, con el reconocimiento por Trump de la soberanía de Marruecos sobre el Sahara. Desde entonces, ha vuelto la guerra a la zona, con Rabat presionando a los europeos para que admitan su solución. En crisis con Alemania, también realizó contra España una descarada injerencia utilizando como arma de presión en 2021 una ola migratoria de 10.000 personas en Ceuta, poco antes de que el Tribunal de la UE reconociera que el Sahara no forma parte de Marruecos.

Y en estas estamos cuando el Gobierno español, que se había limitado como todos los anteriores a respaldar con neutralidad las resoluciones y el marco jurídico ONU, ha decidido dar el respaldo formal y oficial a la solución de Marruecos en 2007, considerándola la "base más seria, creíble y realista para la resolución de este diferendo". Con ello España se pone de parte del incumplidor Marruecos, que rechaza la consulta a los saharauis, y en la práctica nuestro Estado contribuye a la negación del ejercicio de su derecho a decidir. Se ayuda así a mantener la ocupación colonial de un territorio, ahora en guerra, saliéndonos del marco básico aprobado por el Consejo de Seguridad en 1990.

Las posibles salidas parecen muy complicadas todas. La solución autonómica marroquí presenta obstáculos importantes: una autonomía saharaui bajo tutela y supervisión ONU no es la idea de Rabat, que no ha dado muchos detalles de su propuesta. Y puede temer que una autonomía así provoque demandas tipo "café para todos", problemática por ejemplo en el Rif. La fórmula autonómica parece hoy inviable, pues sólo se aplicaría a una parte del Sahara, sin el apoyo ONU ni de los saharauis.

Un Sahara independiente se suele descartar como un Estado, inviable, de enormes dimensiones y poca población, sujeto a los peligros yihadistas, mafias... Una variante sería la partición del territorio, dejando una parte reducida del Sahara como Estado independiente e integrando la otra en Marruecos. Y la práctica internacional nos enseña que los pueblos pueden elegir otras opciones, como la constitución de un Estado Libre Asociado, o la integración directa en un tercer Estado.

¿Debemos amoldarnos a la realpolitik? Propongo dos reflexiones para una posición realista de España acorde con sus obligaciones, identidad y principios.

Uno, para llegar a cualquier acuerdo con Marruecos se debe tener presente que juega con ventaja al ser un Estado escasamente democrático cuyas decisiones principales se adoptan no por el Gobierno, sino opacamente por el Rey con su entorno de Palacio, denominado Majzén. Los acuerdos informales no garantizan la estabilidad en las relaciones, por lo que serían preferibles los tratados aprobados en Cortes, y apoyarnos en la UE para compensar el desequilibrio de partida.

Dos, en la cuestión del Sahara, España no es Alemania o Grecia. Asumimos responsabilidades internacionales como potencia administradora del territorio, de las que nos desentendimos provocando mucho sufrimiento y situaciones irreversibles en cientos de miles de vidas. Originamos un problema internacional enquistado, y debemos ayudar activamente en la solución, no en complicar el problema apoyando a los que impiden encontrarla.

¿Sahara independiente, mauritano, marroquí, español? En realidad, cualquier solución puede ser legal, siempre que lo acuerden las partes bajo el techo de Naciones Unidas y reciba el respaldo de los saharauis, a quienes dejamos sin opinar, abandonados en el desierto con su DNI plastificado, hace ahora 46 años.

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