Sabor a ti

La globalidad para muchos es estar en cualquier sitio como en casa, en la peor, sin descubrir nada nuevo

Si usted quiere comer en España en un restaurante coronado de estrellas y que sirvan cocina moderna tendrá donde elegir. El problema viene si, simplemente, quiere ejercer de turista y comer el plato típico del lugar que visita. Si encima pretende hacerlo en el centro o casco histórico de alguna ciudad, la cara que ponen los lugareños a los que se les pide recomendación es de lo más expresiva. Uf, qué difícil, no sé decirle, suelen contestar atribulados. Si le preguntas a un valenciano en Valencia, delante de su catedral dónde podrías comerte una buena paella, te pone la misma cara que si le hubieses preguntado por el misterio de la Santísima Trinidad.

Hagan la prueba, olviden las guías renombradas e intenten comer, un buen salmorejo en Córdoba, una menestra de verduras naturales en La Rioja, un gazpacho auténtico en Sevilla, un cochinillo hecho en horno de leña sin recalentar en Segovia o un cocido auténtico en Madrid (esto último es más fácil porque Madrid en el fondo es muy pueblo). No se fíen de lo que diga internet porque el concepto que tiene de cocina tradicional es de lo más subjetivo.

Digamos que los centros de las ciudades se han igualado no sólo en las tiendas, ya que en todas las calles principales encontramos las mismas cadenas, sino también en las comidas. Bares con cubos llenos de botellines de cervezas, lugares que sirven una infinidad de montaditos o pizzas y arroces que aparecen fotografiados en unos carteles de lo más disuasorios. Tabernas decoradas por una franquicia en las que todo es de mentira. Esa suele ser la estampa de la plaza mayor de cualquier ciudad.

Es cierto que, de la misma manera que los sitios han perdido su idiosincrasia y se han adocenado, los visitantes también son o somos menos curiosos, más conformistas. Digamos que lo que se ha forjado ha sido a gusto del consumidor actual, que prefiere comer rápido y barato aquello que su poco educado paladar está acostumbrado a tomar, esté en el sitio que esté. Al final la globalidad para muchos es estar en cualquier sitio como en casa, en la peor de sus interpretaciones, sin descubrir nada nuevo.

Conocer una ciudad y su tipismo, su paisaje y su paisanaje, precisa no sólo mirar con curiosidad, sino también, haber mirado mucho, tener bagaje propio. Saber escapar de la vulgaridad disfrazada de costumbrismo. Pasear sin rumbo. Huir de lo cómodo. Dejarnos sorprender. Ahora que todo el mundo se mueve, qué difícil es viajar.

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