Angel León dice que la gusana es una delicia y algunos puristas lo tachan de excéntrico. A saber: los aficionados a la pesca gastan una pasta seria en gusanas para intentar darle coba a una buena dorada. Y si somos lo que comemos y éstas se alimentan de gusanas, quizás lleve razón al llevarla a la carta. Lo raro es que ningún chef se percate de que el negocio del siglo está en el sapo, el rey de la mesa de nuestros políticos, que lo conciben como el alimento más rentable para alargar su vida y... sus dietas. Raro es el día que nuestros dirigentes no se comen uno y como si nada. De hecho, los científicos aún no han hallado contraindicaciones en la ingesta del sapo español. La primera vez que lo prueban, la sensación es más bien desagradable al paladar. Pero aunque unos lo disimulan peor que otros, al final todos se acostumbran.

A Susana Díaz, quizá por ser el ejemplar más grande que se haya tragado nunca, se le arrugaron la frente y los párpados cuando se negó a sí misma para decir que se equivocó al apoyar a Rajoy. Es cierto que el PP no se mostró igual de generoso esta Navidad para arrinconar a los independentistas. Y tuvo que descolocarla que la militancia socialista no compartiera su planteamiento. Para más inri, los mismos compañeros que le empujaron, ahora se pasan el día comiendo sapos a las órdenes de la nueva dirección. Pero las hechas son las que valen. Y quien podría estarle más agradecido a Susana, paradójicamente, es Sánchez, porque resucitó gracias a ella y a su idea de la gobernanza de este país. Esta decisión le hizo perder a Susana su halo ante las bases a la vez que fue celebrada por el 'establishment', justo lo que necesitaba Sánchez. La líder socialista no sólo no obtuvo recompensa, sino que fue la primera sacrificada, mientras él se limitaba a resistir. Ahora ella ya sabe lo amargo que resulta el poder cuando se escapa y también trata de mantenerse a flote, pero esto no le obliga a traicinar su pensamiento.

Por carácter, el líder del PSOE parece más familiarizado con los sapos. Lo mismo se abraza con quien le robaba el sueño, que actúa al dictado de los independentistas, sin torcer el gesto. También Pablo Iglesias se los zampa que da gusto, al intentar convencernos de que apoyar a los nacionalistas -para que las comunidades ricas sean cada vez más ricas- es de progresistas. Y como a Pablo Casado no le viene mal que el PSOE pase por el aro soberanista, hace lo contrario de lo que predica. A veces parece que en lugar de volar solo, lo hace tutelado por el aznarismo y ni se acuerda de quién era en realidad, pero otras se le nota demasiado que no le sienta bien la digestión. La clase política está tan metida en la trinchera, que se traga los sapos sin rechistar. Si todos reconocieran que dan un asquito tremendo, si se sentaran a negociar, igual disfrutarían más de la comida. Si Susana entiende que hizo bien, ¿por qué arrepentirse? Si Sánchez no se fía de Torra, ¿por qué tratarlo como a un primer ministro? Si Iglesias sabe que el independentismo es letal para este país, ¿por qué es tan ambiguo con sus ideales? Si ERC admite que ni los suyos están preparados para la desobediencia, ¿por qué no acatan las normas? Si Casado quiere dar un volantazo al centro, ¿por qué le sigue el juego a Vox? Visto lo visto, quedan sapos para rato. Así que si Ángel León triunfa con el negocio de las gusanas, el de los sapos tiene que estar chupado.

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