"De mi presencia que me estás martirizando/ Quítate de mi presencia que me estás martirizando/ Que a la memoria me trae cosas que estaba olvidando" canta Rosalía en un video en blanco y negro delante de El Guernica de Picasso. No se refiere a los independentistas, simplemente está cantando un tango flamenco de antes de la guerra: "Ponme la mano aquí Catalina". No piensen mal que no es sicalíptica. Es más, la letra tiene su misterio y es difícil de entender.

La catalana Rosalía, para martirio de los puristas que niegan su arte y sobre todo que cante flamenco, cierra los ojos y llega al fin del mundo con su voz. A veces frágil, a veces sensual, siempre vulnerable y al borde del precipicio, distinta a todas. Tan distinta que, en esos concursos de la tele en los que quieren que todos los jovencillos canten igual y se emparejen, le dijeron que no valía. Para eso no desde luego. Los gitanos, tan suyos y tan nuestros, se han ofendido porque piensan que se apropia de algo que sólo les pertenece a ellos y porque está saltando la valla de lo sagrado. Así ha pasado siempre. El flamenco y sus agitadas aguas, a veces puras y cristalinas, otras simplemente estancadas y repetitivas con su manantial inagotable. Lo que hace Rosalía, estoy de acuerdo con los gitanos, es otra cosa, pero tampoco es sólo cante aflamencado.

Rosalía, de mirada tímida y ojos de haber llorado, parece la sobrina poligonera de Las Grecas en su forma de vestir, en su efecto narcotizante cuando canta, pero no deja jamás indiferente. Sus uñas largas, postizas y curvadas dan grima y, sobre todo, desconciertan cuando su voz trina con una pena que aún no le ha dado tiempo a vivir. Trae todo el sufrimiento de la música carcelaria de Los Chichos y Los Chunguitos bajo el aspecto de una vida intacta, aún por estrenar. Quiere ser muy moderna, pero veo en ella a Estrellita Castro, a La Pantoja cuando la vida no le había pasado por encima, a la Lola Flores de Caracol. Rosalía es la nueva folklórica de España. Dios quiera que la vida no la trate tan malamente como a casi todas porque las folklóricas de verdad nunca han sabido enamorarse sin sufrir.

Resulta curioso que el cante que nos llega de Cataluña sea tan español y tan negro, tan moderno y tan primitivo a la vez, como una pintura de Gutiérrez Solana. Ya vino antes Miguel Poveda, payo y gay, cantando copla. Rosalía viene ahora a recordarnos que Cataluña es España. Y tanto.

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