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Me gusta hablar bien del Gobierno de España, aunque demasiadas oportunidades no tenemos. Aprovecharé que Borrell ha afirmado que el acuerdo del Brexit depende de cómo se aclare la situación del Peñón. Eso sí es su trabajo y su deber.

Hay quien dice que es una rectificación de última hora por el trabajo de la oposición y el escándalo de la opinión pública, aunque también podría ser una jugada maquiavélica, para soltar la piedra cuando más eco político pudiese tener en todas las cancillerías de Europa y cogiendo a Inglaterra con la guardia baja y en su laberinto interno. Sea chapuza o genialidad, lo que me importa es que el Gobierno de España defienda los intereses de España. Al hacerlo ahora y así, estaremos, además, más pendientes de la resolución.

Este verano, precisamente, un inglés bastante nacionalista me preguntó si los españoles odiábamos a los ingleses. Los españoles, le dije, campanudo, no odiamos a nadie, que es muy feo. Miramos a los ingleses con la complicidad de un pueblo de importancia análoga y con el que, por tanto, hemos tenido nuestros roces, que nos han ido mal o bien, según, y que en todo caso llevamos con deportividad, siempre dispuestos a celebrar un tercer tiempo del partido de rugby que ha sido a ratos nuestra historia. No le gustó. Me preguntó si no nos humillaba lo de Gibraltar. Como estábamos en un curso de filosofía, le recordé que, según Sócrates, es mucho peor robar que ser robado, hacer el mal que padecerlo, y que a mí me humillaría más el título de propiedad que ellos ostentan. Tampoco le gustó.

Pero el caso es que a los que oían -un poco azorados- nuestra conversación, les hizo gracia mi respuesta. De modo que, cuando hace unos días, a mi hijo de siete años le mangaron unas cartas Pokémon en el cole, ensayé el mismo consuelo socrático. Pero mi hijo es aristotélico y respondió: "Que te roben será menos malo que robar, pero lo mejor es ni lo uno ni lo otro". ¡Qué razón tiene, el muy peripatético!

Con Gibraltar, en realidad, pasa igual, y lo mejor es que el Gobierno, como ha hecho por fin, trate de poner las cosas en su sitio o en su soberanía. Celebremos que Borrell se haya puesto las pilas (que ojalá sean las de Duracell, porque la cosa irá para largo). Igual que nosotros tenemos a la Roca en nuestro horizonte, los ingleses han de tener esa china en su zapato. Si no podemos ser justos, seamos, al menos, equitativos con el incordio.

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