Pilar / cernuda

El Rey de la reconciliación

Don Juan Carlos, Adolfo Suárez y una docena de dirigentes políticos fueron ejemplo de que se puede construir una democracia tras de 40 años de dictadura

Juan Carlos I ha abdicado en plenas facultades mentales, con algunas dificultades físicas, y con la seguridad de que deja la Jefatura del Estado en manos de un Príncipe perfectamente preparado para realizar su trabajo. Ha sido su último gesto de generosidad, aunque no su último gesto de servicio a España. Don Juan Carlos, allá donde se encuentre una vez su hijo sea proclamado Rey con el nombre de Felipe VI, seguirá sirviendo a su país como ha hecho siempre, como hizo al obedecer sin replicar a su padre, don Juan, cuando le envió a España con sólo 10 años de edad, un país que no conocía, para que se educara rodeado de personas a las que nunca antes había visto, interno en un colegio en el que todos los días echaba de menos su vida familiar.

Nada le fue fácil. Ni esa separación inicial, ni los internados de Las Jarillas primero y Miramar después, ni el traumático accidente que le costó la vida a su hermano Alfonso, ni tampoco las tensiones con su padre, que había pactado con Franco que su hijo se educaría en España pero que nunca aceptó que, siendo ya adolescente don Juan Carlos, y tras pasar por las tres academias militares, Franco no ocultara que si en algún momento tenía en su mano la decisión sobre la restauración de la Monarquía, él designaría el sucesor, pero sería tras su muerte y en ningún caso elegiría a don Juan.

Elegido oficialmente don Juan Carlos, las relaciones con su padre alcanzaron momentos de absoluta ruptura, de silencios que se prolongaron durante meses a pesar de los esfuerzos de doña María, esposa y madre, para limar asperezas entre su marido y su hijo; esfuerzos vanos porque en el entorno de don Juan había personas empeñadas en que don Juan o nadie, e insistían en que la esencia de la Monarquía obligaba a respetar sin excusas la línea de sucesión.

A todo ello se sumaron, en la parte española, en la parte de El Pardo, una maniobra para apartar también a don Juan Carlos de la línea sucesoria cuando la nieta de Franco, Carmen, se casó con Alfonso de Borbón, primo de don Juan Carlos y cuyo padre, sordomudo, había renunciado a sus derechos sucesorios. Ese entorno maniobró para impedir que don Juan Carlos pudiera comunicarse con Franco y le preguntara si mantenía su compromiso sucesor. Una maniobra que obligó a don Juan Carlos a introducirse saltándose el protocolo en el automóvil de Franco tras un acto oficial en el Valle de los Caídos para pedir al Generalísimo que le aclarara cuál era su situación. No se la aclaró, pero don Alfonso dejó de aparecer presidiendo diferentes actos oficiales.

Nada fue fácil para don Juan Carlos, que en aquellos momentos de permanente zozobra tuvo a su lado a doña Sofía, ayuda inestimable, y la alegría de tres hijos que garantizaban la sucesión. Pero la animadversión de los juanistas más el rechazo del franquismo, acompañado de una campaña de desprestigio personal en la que se le presentaba como un príncipe superficial y poco inteligente tuvieron necesariamente que afectar a su ánimo. No para desalentarle, como quizá esperaban quienes no le querían como sucesor, sino para que trabajara aún con más fuerza en sentar las bases para que, el día que fuera proclamado Rey, se pusieran en marcha los mecanismos necesarios que convertiría la dictadura en una democracia plena.

Una grave enfermedad de Franco le obligó a asumir interinamente la Jefatura del Estado en 1974, sólo por unas semanas. Meses después, ante una nueva recaída, se negó a hacerlo por segunda vez. Pero como Príncipe tuvo que tomar decisiones importantes respecto al Sahara, pues el rey Hassan II aprovechó el vacío de poder en España para organizar y encabezar una Marcha Verde hacia el Sahara para reivindicar el territorio, que era una provincia española. Al Príncipe le faltó tiempo para tratar de impedir la marcha y que Hassan cejara en su empeño ; envió a su amigo Manuel Prado y Colón de Carvajal a Washington a entrevistarse con Kissinger, secretario de Estado, y que presionara a Hassan y, después de tantear a los generales, que pedían prudencia, tomó la decisión de vestirse el uniforme y plantarse en el Sahara en contra del criterio de los ministros militares. Abortó la Marcha. De regreso a Madrid, cuando presidía el Consejo de Ministros al que informaba de su viaje, recibió una llamada de Hassan: "Juan, has hecho lo que un capitán debe hacer ante sus soldados". Desde entonces las relaciones entre el rey de Marruecos y el Rey español fueron muy cercanas, y esas relaciones fueron muy importantes en el futuro de la Transición.

El viaje al Sahara fue el primer gesto público de decisión y capacidad de maniobra de don Juan Carlos. Público. En privado, muchos más demostraban que conocía perfectamente cuáles iban a ser sus responsabilidades y qué tenía que hacer para que España se convirtiera en una democracia sin que eso supusiera una fractura social.

Para explicar su proyecto en el escenario internacional contó con dos hombres de gran prestigio dispuestos a explicar en diferentes foros y entrevistas que el Rey español, o el que iba a ser Rey español, tenía la decisión firme de convertir la dictadura en una democracia. Uno, Kissinger; el otro, el presidente alemán Walter Schell. En el escenario interior, mantenía contactos con políticos de la democracia cristiana y también con algunos del PSOE como los hermanos Luis y Javier Solana y Enrique Múgica, a los que recibía discretamente en Zarzuela. Sin embargo, sabía que no habría democracia sin participación de los comunistas, el partido del que abominaba Franco, absolutamente ilegal y clandestino, y cuya sola pertenencia a sus filas podía suponer la muerte.

Pidió a su amigo Nicolás Franco Pasqual del Pobil, sobrino de Franco, que se entrevistara con Santiago Carrillo, lo que se logró gracias a distintos contactos franceses y españoles. Carrillo se vio con Nicolás Franco en un restaurante en París, Le Feu Vert, y allí Franco, sin decirle en ningún momento que hablaba en nombre del entonces Príncipe, le trasladó la decisión de don Juan Carlos de legalizar el PCE en cuanto se dieran las circunstancias apropiadas, y su decisión también de convocar elecciones constituyentes. Es la razón de que Carrillo no diera instrucciones a los suyos de provocar disturbios y manifestaciones antimonárquicas en las calles cuando don Juan Carlos fue proclamado. La Transición estaba diseñada desde mucho antes de que muriera Franco. En todos sus términos. De los legales se ocupó Torcuato Fernández Miranda, antiguo preceptor del Príncipe. De los políticos y sociales, el propio Príncipe con un puñado de colaboradores leales y profundamente demócratas.

Todo estaba preparado. La ley de Reforma Política, la continuidad de Arias Navarro como presidente del Gobierno hasta que se pudieran aprobar las leyes necesarias para dar paso a un nuevo presidente, la elección de Adolfo Suárez como tapado, como futuro presidente, sin que nada trascendiera sobre las intenciones del ya Rey. Y, por supuesto, los contactos del Rey y de Fernández Miranda, presidente de las Cortes -nombramiento clave- con los consejeros del Reino para que una vez que Arias fuera obligado a dimitir, el Consejo presentara al Rey una terna de presidenciables en la que estuviera Suárez … Todo estaba preparado de antemano. Por el Rey.

Por el auténtico motor de la Transición que no se equivocó al elegir a un franquista para desarticular el franquismo, Suárez; no se equivocó al elegir además a un presidente con coraje y que hizo suyo el proyecto del Rey y lo asumió como propio, incluida la complicada y traumática legalización del PCE; y no se equivocó al confiar en el pueblo español y a sus dirigentes de entonces. Todos, de la derecha y de la izquierda, incluido Santiago Carrillo, dieron la talla. Apostaron por una Transición sin rupturas, por cerrar las heridas todavía abiertas de la guerra civil, apostaron por la convivencia y pusieron en marcha un proceso que asombró al mundo.

El Rey, con Adolfo Suárez, y con no más de una docena de dirigentes políticos de diferentes ideologías, fueron ejemplo de que se puede construir una democracia después de 40 años de dictadura. Y el Rey, después de capitanear ese proceso, dio un paso atrás al promover una Constitución que le recortaría prácticamente todos sus poderes, los que había ejercido hasta ese momento. Se convertía así en el Rey de una Monarquía parlamentaria, como las restantes monarquías democráticas.

Su última decisión ha sido abdicar en su hijo, un hito histórico. Hasta entonces los pocos Reyes que han abdicado en España lo han hecho por graves razones de salud, por convulsiones sociales o por guerras. Don Juan Carlos lo ha hecho porque cree en el necesario relevo generacional y porque cree que su hijo está perfectamente preparado para asumir sus funciones. Él, con la Reina, se han ocupado de que así fuera.

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