Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Restos de este naufragio

Homero y La odisea, Shakespeare con La tempestad, Dafoe en Robinson Crusoe; Turner y Goya: los naufragios son un tema recurrente en la literatura y la pintura por la forma descarnada con que el desastre de una nave en el océano simboliza nuestro fatuo orgullo de especie: cómo los humanos creemos ser todo, pero, a unas malas de los elementos, no somos nadie. La pandemia -una cara siniestra de la naturaleza-, que colea como una ballena arponeada que no se rinde, ha ocasionado ya más de un naufragio personal, empresarial y sectorial. Los hoteles en España son un ejemplo.

El coronavirus ha cerrado temporal o definitivamente muchos de ellos. Los típicos procesos de fusión -léase absorción- que se dan en toda crisis económica han contribuido también al descaste de la oferta hotelera, en un país donde la cantidad y la calidad en relación con el precio es campeona mundial. Las pernoctaciones, o sea, el consumo de habitaciones y servicios de hotel, han caído entre el 50 y el 100% en unos establecimientos u otros. El confinamiento ya tocó duramente al sector en las tradicionales fechas de alegría de la demanda en primavera, y antecedió a un verano de fugaz reverdecer de las reservas.

Mantener vivo a un hotel cerrado es la cuadratura del círculo. Sin ingresos, el mantenimiento de las instalaciones y la pertinacia de otros gastos fijos, o las deudas por inversiones nuevas y recurrentes que han pillado por sorpresa a los hoteleros, dibujan un panorama con oscuros tintes de naufragio. Y como en muchas zozobras y hundimientos de navíos, hay quien acaba haciéndose con los restos, de balde o por poco dinero. Por mucho que muy probablemente el sector vuelva a resurgir tras la calma, e incluso antes, habrá quien no resista sin liquidez, o sea, sin agua y alimentos; a plenos e inclementes sol y frío. Otros, sí. Es ley de vida (y muerte). Los hoteles pos-Covid serán distintos: uso de apps a mansalva, medidas profilácticas extremadas, certificados, distancias, frialdad.

Los fondos de inversión -liquidez en el sistema hay- han orientado sus antenas hacia un sector con serios problemas, si no en almoneda. Algunos hoteleros respiran por al menos poder salvar los muebles; otros lloran por haber visto abortado el sueño de su vida e incluso su razón de ser. Otros más seguirán gestionando sus hoteles precisamente porque los fondos de inversión los han recogido del proceloso océano en un helicóptero de billetes. Lamentable, sí. Pero de poco, o nada, vale lamentarse de este panorama acusando de "buitres" a estos dineros.

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