Hablando en el desierto

FRANCISCO / BEJARANO

Régine Deforges

El Mayo del 68, tan celebrado, sirvió para muy poco políticamente pero sí relajó las costumbres, sobre todo el concepto de buenas costumbres, y la política siguió como siempre, empeorada por la relajación. Los bajos fondos de las ciudades se pudieron presentar en sociedad y se propaló la pérfida idea de que ser carne de horca y de ínfima condición era lo moderno. La parte más débil de la juventud de la clase media se lo creyó y acabó mal. Pasó después a las clases populares con peores resultados. Todavía hoy esa idea nefasta tiene sus partidarios y está alcanzando, a destiempo, a lo más ingenuo de las clases altas, con parecido resultado que en las demás. No es difícil entender cómo las influencias malsanas dañan más a los grupos con menores defensas.

Régine Deforges había fundado una editorial para publicar libros eróticos e incluso pornográficos dos años antes de la revuelta, de manera que en el Mayo tuvo un momento de gloria. No fue el único, porque luego su serie La bicicleta azul tuvo éxito y fue traducida a muchas lenguas. Se convirtió en una de esas feministas liberadoras de la mujer y sacó sus rentas. Las liberaciones tienen un gran inconveniente: los liberados no saben qué hacer con la liberación. Cada vez que tenía algún encontronazo con la justicia, prohibiciones, multas o pleitos por plagio ganaba más prestigio como rebelde libérrima, defensora de una sexualidad muy del momento y que hizo estragos: libre, pagana y sin sentimiento de culpa. Como se supo pronto, la liberación sexual es un espejismo, nunca se libera del todo ni concluye en nada merecedor de la pena. La pobre Régine fue de pareja en pareja, de pleito en escándalo, hasta construirse una fama de maldita libertaria, muy del gusto durante unos años de jóvenes desprevenidos.

El escándalo se agota pronto y si el escándalo viene con matiz político de militante de una modernidad particular, se agota antes. Así que cuando sus publicaciones ya no escandalizaron a nadie y ella había pasado a personaje legendario, se entregó a satisfacer las insatisfacciones, también las sexuales, comiendo y bebiendo sin mucho control de sí misma. Lo que había predicado. Estropeada -consiguió la cara que se merecía- y gorda, síntoma de sexualidad frustrada, fue pasando al olvido lentamente y luego al desconocimiento de sus propios vecinos. Nadie sabía al final quién era esa señora de aspecto desastroso, comilona y borracha, hasta que la vieron en los periódicos hace un mes con motivo de su muerte. Dios la haya perdonado.

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