Regalos feos

Sueño con que mis regalos feos no tengan posibilidad de cambio

Todos recordamos bien aquel juguete que pedimos a los Reyes Magos y no nos trajeron. Será porque siempre deseamos lo inalcanzable por más sueños que cumplamos. Pero hoy no me quiero referir a aquellos sino por el contrario a estos otros regalos que todos hemos recibido sin pedir y sin que nos gustaran demasiado. Las equivocaciones premeditadas de los magos de oriente también tienen su rescoldo de memoria.

El regalo menos acertado, en mi caso, fue una máquina de coser infantil con pedal y aguja que sólo me sirvió para taladrarle el pie a un muñeco. Por suerte, no tenía edad para cambiarla al día siguiente, ni para regalar el regalo, ni para mostrar un falso entusiasmo, que es lo que hacemos los adultos. En esto, como en las listas de bodas, se ha impuesto el sobre o el tique regalo con su mortificación añadida. Sueño con que mis regalos feos no tengan posibilidad de cambio, que sean míos para siempre y no me den además trabajo.

Recuerdo que un día de primavera de hace muchos años mi padre llegó a casa con nísperos. Era en esa época intermedia del año cuando las naranjas se han acabado, pero todavía no es tiempo de fruta de verano. Mi madre les buscó un cacharro bonito y ahí se acabaron las contemplaciones porque nadie les metía mano a los nísperos. Son una fruta vistosa pero tonta, con demasiado hueso y pellejo, sólo le salva su vivo color y su anuncio anticipado del verano. Hay que comerse los nísperos, decía mi madre con tono amenazador porque se iban a poner pochos. Un día me comí unos cuantos nísperos más que nada por darle gusto a mi padre. Me encantan los nísperos, decía mientras los sumergía en el lavafrutas. Qué buenos están, repetía cuando les quitaba la piel gruesa y esquivaba sus huesos brillantes como un bombón. A partir de ese momento, sólo conseguí que cada vez que mi padre pasaba por una frutería y veía nísperos los comprase alegando que a mí me dislocaban.

El caso es que logró que me gustaran los nísperos y que, si los encuentro, no pueda resistirme a mirarlos, a llevármelos y a comerlos con lentitud como se recuerdan las cosas que no queremos olvidar nunca.

Por eso, más que regalos acertados, más que la posibilidad de devolverlos o endosarlos si no nos gustan, yo deseo que les hayan regalado a ustedes nísperos o aquel regalo que nos traiga para siempre a la persona que nos los regaló y a quien quisimos mucho. Lo demás, lo saben hasta los niños, importa poco.

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