Reductos civilizados

Sueño con que llegue la tarde y haga un poco de sol para coger mi libro y escapar

Quien tenga afición a la lectura ni está encerrado ni está solo. Es un ser libre o está en el camino para serlo, para entender las cosas, porque sin conocimiento no hay libertad. Pasado mañana se celebra el día del libro. Una celebración rara, sin puestos, sin ferias, sin Premio Cervantes, sin bibliotecas, sin Sant Jordi, sin rosas, pero con muchas espinas. Este año y en esta situación, deberíamos celebrar como nunca el día del libro. La gente se ha aficionado a las series de televisión, a cocinar y a hacer deporte en casa, pero nada distrae ni nos mantiene más en forma que la literatura, la buena literatura se entiende.

En este tiempo de restricción de libertades, de confinamientos físicos y mentales, de hecatombe económica, de tristeza infinita, sólo los libros nos pueden fortalecer y hacer llevadera la situación. En los libros podemos aprender la rebeldía necesaria para que no nos anule ni un virus ni un gobierno, pero también aprendemos la conformidad ante la vicisitudes pequeñas y grandes de la vida, ante la enfermedad. En los libros podemos comprobar que a lo largo de la historia han pasado muchas cosas y muy gordas y se ha salido de ellas con mejor o peor fortuna. Los libros nos mantienen despiertos ante los cantos de sirena que dicen protegernos y arrullarnos. En los libros aprendemos a querer de verdad, sin límites convencionales, nos correspondan o no. En los libros está la razón y la poesía de la vida, y la ternura y el humor, y la fe y la esperanza. En los libros están los otros a los que nunca podremos conocer. En los libros que a mí me gustan, claro. Sin libros somos más pequeños y vulnerables.

Sueño cada día con que llegue la tarde y haga un poco de sol para coger mi libro y escapar del silencio que me rodea, del tiempo detenido en el que estamos. Por fidelidad y amor a las librerías sigo leyendo en papel. No es ni por el olor, ni por romanticismo, ni por afán de posesión (muchos de mis libros están prestados o perdidos). Quiero que sigan existiendo las librerías y que me sigan cuidando. Hay que proteger esos reductos civilizados que nos hacen la vida llevadera.

El hecho de que en España se hayan mantenido las librerías cerradas durante el confinamiento, los niños y los viejos en casa y los perros paseándose, dice mucho del desorden mental que tenemos, de la extraña manera que tienen de protegernos. Menos mal que en los libros también se aprende la resistencia.

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