En tránsito

Eduardo Jordá

Red de favores

EN la autopista que va del aeropuerto de Palermo a la ciudad hay un lugar señalado con un monolito. Es el lugar donde dos mafiosos colocaron los mil kilos de explosivos que mataron al juez Giovanni Falcone en mayo de 1992. En la explosión también murieron la mujer del juez y tres guardaespaldas. Yo siempre había creído que Falcone no era siciliano, ya que es muy difícil que un juez local se adentre en una investigación que puede afectar a amigos, conocidos, vecinos, parientes o incluso hermanos y cuñados (los cuñados son siempre problemáticos, no se sabe muy bien por qué). Pero estaba en un error. Giovanni Falcone había nacido en Palermo, así que murió a pocos kilómetros del centro de "su" ciudad.

Eso es muy curioso, y dice mucho a favor del temple moral de ese hombre, y también de su mujer, porque me temo que la pareja es una pieza clave en una investigación judicial. Es fácil imaginar las llamadas intempestivas que recibió el juez (y también su mujer), y los amigos que le recomendaron tomarse un descanso con una sonrisa que quería ser paternal. Y también hay que imaginar la humillación al ver las miradas de desprecio de sus vecinos en el ascensor ("ese insensato nos está poniendo en peligro a todos"), o el simple hecho de ver a un amigo de infancia apartándose de acera en una calle de Palermo, en aquella misma calle, quizá, en la que los dos habían quedado de jóvenes antes de ir al cine.

Pero de todas formas no creo que haya muchos personajes como el juez Falcone, capaz de investigar a sus vecinos y a sus conocidos de infancia sin temer las consecuencias. En general, la lejanía emocional suele ser la única garantía de un trabajo honesto. En una sociedad pequeña todos tenemos vínculos comprometedores, ya que la red de favores mutuos es tan espesa que nadie se atreve a romperla. Por eso siempre he desconfiado del poder local. Cuanto más lejos esté el poder, mucho mejor para todos. Si queremos que las cosas funcionen con un mínimo de equidad, hay que dejar que nos gobiernen técnicos cualificados que sepan muy poco de nosotros. Ese argumento de que la descentralización acerca el poder al ciudadano y lo hace más solícito y más eficiente -y por supuesto más benévolo- es una de las peores falacias con que nos dejamos sobornar la conciencia.

Grecia, Italia, Portugal -y por supuesto España- son países donde todo el mundo se conoce y todo el mundo se debe favores. Y España tiene el agravante de una estructura administrativa tan fragmentada que casi todos tenemos conocidos en los órganos de poder local. Yo podría citar a varios implicados en asuntos serios de corrupción en Mallorca que estaban en mi colegio, algunos incluso en mi propia clase. Me pregunto por qué he sido tan idiota de no pedirles un favor.

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