la tribuna

Manuel Bustos

Razón y fondo de la crisis

LOS años posteriores a la Segunda Guerra Mundial conocieron un crecimiento económico sin precedentes. Fruto de él fue un fenómeno inédito y de gran alcance, de cuyos frutos hemos vivido, cuando parece avistarse su término. Hasta entonces el consumo de bienes sofisticados, hoy notablemente ampliados en número por las nuevas tecnologías, estaba limitado a un reducido grupo social.

A partir de los cincuenta, se produjo una "democratización del consumo" y el acceso generalizado a una gama cada vez mayor de servicios sociales (sanidad, enseñanza, jubilación, ayudas a minusválidos y sus familias, etc.) y disfrutes. La riqueza acumulada, producto de los sacrificios de los hombres de la posguerra; las mejoras sociales, fruto de las políticas socialdemócratas y centristas, y el crecimiento de la población, hicieron posible ese "milagro". Empezaba la era del llamado Estado del bienestar, coincidiendo con la forja de la unidad europea.

Todo parece indicar que estamos al final de ese proceso. Más que de un ciclo de recesión o de estancamiento, tras el cual, según la ortodoxia del modelo, se pasaría a otro de crecimiento, capaz de compensar y mantener el sistema con algunos reajustes, los acontecimientos apuntan a una crisis estructural sin paliativos, que debiera dar origen a otro modelo social y mental, en lugar de una fragmentaria insolidaridad.

El fondo de la crisis estriba en el espejismo colectivo producido por la expansión iniciada tras la Gran Guerra. En la facilidad para acceder a bienes de todo tipo, con frecuencia hasta la saturación. Las energías que se desplegaron, las conquistas inusitadas para amplios sectores de la sociedad occidental, han creado una especie de síndrome de autosuficiencia y presunción, apenas amortiguado por las grandes catástrofes naturales y algunas crisis económicas anteriores. Propiciaron asimismo el relajo moral frente al rigor, la exigencia y la responsabilidad, comenzando por las propias élites que deberían servir de ejemplo. Cada vez un menor número mantiene los abusos y extravagancias de un grupo creciente.

Ante el despliegue de nuestras capacidades para "asegurarnos" el presente y el futuro, el modelo de vida de nuestros antepasados, incluso de los próximos, se nos antojó como algo superado, lleno de temores, costumbres y creencias vanas. Muchos viejos se convertirán en aprendices de brujo, renegando de las enseñanzas que recibieron, queriendo ganar la batalla al tiempo, actuando y vistiendo como los jóvenes actuales.

Nos hemos creído el dogma de la libertad, individual y colectiva, hasta sus últimas consecuencias. Lo hago porque lo quiero y me conviene. El "Estado providencia", sus servidores políticos, proveerán a asegurarlo. Nuestra riqueza, la técnica, nuestras previsiones, nos permitirán vivir para nosotros mismos, sin más cortapisas que las de la muerte aún no subyugada. Incluso el dolor, lacra de nuestros ancestros, podía ser controlado o combatido con cuidados paliativos, actuaciones sobre la mente o, llegado el caso, la eutanasia. Casi sin percatarnos de ello, estábamos deshumanizando la vida.

Asumimos la libertad como valor supremo sin querer aceptar los resultados de nuestras acciones. Primamos, por ejemplo, la autorrealización sobre la maternidad y la descendencia, ignorando que, como cualquier ser vivo, también nosotros necesitamos reproducirnos para asegurar la pervivencia de la especie o las prestaciones sociales. Podíamos, igualmente, consumir sin medida, porque nos parecía no existir límites para el gasto. O tensar ese seguro natural de vida que es la familia, pues ponía cortapisas a la libertad personal. Optamos por vivir, en definitiva, como si Dios no existiera, para evitar su mirada impertinente sobre nuestros excesos y egoísmos… ¡Cuantos fundamentos sólidos no nos hemos ido cargando insensatamente por creer en otros dioses!

Es posible que esta crisis, como la del 73, sea superada y que todo vuelva a su ser al cabo de unos años. Que los datos económicos vuelvan a cuadrar. Pero, más allá de ello, todo un mundo parece lentamente derrumbarse. El "Estado providencia", la "Sociedad del bienestar", la ética indolora, tal y como hoy los conocemos, parecen hacer aguas.

Y no se trata, como afirman algunas ideologías, de una mera quiebra del sistema capitalista. Más bien es el producto de nuestros "excesos", de vivir para nosotros mismos, lo que pagaremos.

Esta crisis puede ser buena para que cada uno reconozca su deber de contribuir al bien general y la trascendencia de sus actos. Y abandonemos de una vez por todas estrategias equívocas o la transferencia de culpas a los demás. El hombre de hoy ha adquirido costumbres de niño caprichoso y mal criado y como tal reacciona ante las dificultades. Se ve en nuestros jóvenes, pero no sólo en ellos. Necesitamos volver a sabernos parte de una ecología personal y social.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios