En tránsito

Rabia

La polarización política, cada día más acusada, se nutre de esta rabia sorda que nos gobierna a su antojo

Vivimos en una sociedad en la que hay más rabia y descontento y odio que en otras épocas? Difícil saberlo. Hay eruditos que han estudiado la evolución del sentimiento de rabia -o ira, o furia- desde la antigüedad, y lo que han descubierto no aclara mucho las cosas. Eso sí, la cólera de Aquiles al comienzo de la Ilíada era un sentimiento muy distinto de la cólera que siente una persona que vive en una sociedad desarrollada del siglo XXI. Aquiles no podía entender su cólera sin la subsiguiente idea de venganza: para él, la rabia iba dirigida contra alguien en concreto al que había que castigar por haber causado un daño a una persona querida o que perteneciera a su mismo grupo social. Nuestra rabia, en cambio, es una emoción ciega y sorda que ni siquiera sabe muy bien lo que quiere. No apunta contra nadie en concreto ni busca nada, ni siquiera una pequeña reparación. No, nuestra cólera es otra cosa que no sabemos muy bien qué es, pero que cada vez tiene más presencia entre nosotros. Nos guste o no, vivimos en una sociedad enrabietada, tensa, desquiciada.

La polarización política, cada día más acusada -y en casi todos los países desarrollados-, se nutre de esta rabia sorda que nos gobierna a su antojo. Y eso se traduce en la atracción por los extremos políticos y en el odio patológico al adversario. Cada día tenemos más casos así. En Chile y en Perú se han enfrentado en las últimas elecciones la extrema derecha contra la extrema izquierda. El centro y todas las opciones moderadas han desaparecido. No había otra opción: o un extremo u otro. En Estados Unidos, la fanática izquierda woke se presenta como alternativa a una derecha cada vez más reaccionaria. Ya hay milicias armadas dispuestas a defender a los suyos frente a los otros. En Europa las cosas tampoco pintan bien. Y entre nosotros mejor no hablar: hay que tensar al máximo la situación, cueste lo que cueste. ¿Y las consecuencias? Ah, las consecuencias no le importan a nadie, pero lo que está pasando en Cádiz se puede contagiar fácilmente a todo un país desmoralizado y roto, sobre todo cuando mucha gente tiene la sensación de que unos pocos granujas se dedican a hacer de las suyas sin que nadie vaya a pararles los pies.

El invierno del descontento, decía el primer verso de una tragedia de Shakespeare repleta de violencia y de odio (Ricardo III). Hacia allá vamos.

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