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Quioscos

Bravo por los quiosqueros que quedan y resisten en esta edad cada vez más inhóspita

Ocasiones hubo, cuando la primera ola de la pandemia, en las que no encontramos a un solo viandante en el ritual camino del quiosco, donde un hombre infinitamente solo desafiaba el confinamiento con firmeza heroica y expresión resignada, amparado en la sabia disposición que consideraba la oferta de la prensa del día como uno de los servicios esenciales. En los estancos, en los supermercados, en las farmacias, se veía a algunas personas apresuradas -no estaba permitido el paseo, ni disponíamos de mascarillas que velaran los rasgos- con gesto de preocupación o de perplejidad, ante la insólita visión de las calles completamente vacías. Hace sólo unos meses y lo recordamos bien, ese tiempo extraño al que hemos vuelto sólo en parte y según las zonas, pero aunque las desnortadas autoridades decretaran un nuevo encierro total nada superaría aquella increíble sensación de irrealidad. Lo hablábamos con ese hombre que atendía y atiende en el quiosco de al lado de la antigua Universidad, cómo nos impresionaba su estoicismo. Algunas mañanas, nos decía, el número de clientes habría podido contarse con los dedos de las manos, pero ni un solo día dejó de abrir, ni dejaron de acudir los compañeros de guardia a las fantasmales redacciones donde unos pocos coordinaban el trabajo del resto. No es un secreto para nadie que ese mundo casi pretérito vive un final anunciado, aunque de momento y por fortuna no cumplido, no porque vaya a desaparecer la prensa escrita sino porque esta, cuando mueran sus últimos usuarios, nacidos y formados en el viejo orden analógico, e incluso antes, como se aprecia desde hace años en la reducción de cabeceras o en el reajuste de las que quedan a mínimos muy alejados de los que conocimos hace sólo unos años, dejará de ofrecerse en soporte impreso. Se ha vuelto corriente que algunos quioscos, reconvertidos en otra cosa, ya no exhiban los mazos apilados, cubiertos por gruesos plásticos en los días de lluvia. Y bueno, tenemos a un montón de enterados que celebran a diario las dudosas bondades de la revolución digital, de modo que los veteranos podemos permitirnos el lujo herético de la nostalgia. Nos acordamos con gratitud de todos los quiosqueros que han alimentado durante décadas la pasión por la letra efímera, como el del barrio al que íbamos de muchachos, muy dignos, pero no siempre con las pesetas en el bolsillo. O los más próximos a las casas que hemos habitado, algunos de ellos desaparecidos. O el bendito que le fiaba a padre, a quien no le faltó nunca su periódico aunque al final ni lo hojeara, pues le bastaba tenerlo a la vista. Bravo por los que quedan y resisten en esta edad cada vez más inhóspita.

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