Con la venia

Fernando Santiago

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Quiñones en la memoria

Toda persona de más de 40 años que viva en Cádiz tuvo alguna relación con Fernando Quiñones y habrá vivido alguna anécdota maravillosa con el añorado escritor. No voy a ser menos y como no salgo en "El hombre que susurraba a las caballas" aprovecho para contar aquí las mías. Quiñones era compañero de pupitre de mi tío Enrique en el colegio San Felipe Neri y frecuentaba la casa de mi familia en la calle San José donde siempre oí miles de historias sobre Fernando. Le conocí cuando escribía el cuento "Legionaria" con el que ganó el premio Penthouse de relatos eróticos, luego convertido en "Las mil noches de Hortensia Romero". En aquella época yo iba a su casa madrileña al salir de la facultad e íbamos juntos a ver alguna película o algún concierto por los colegios mayores de los alrededores. Me hizo beberme entera una botella de licor de plátano que le habían regalado en Cuba y que, según deduje, no quería nadie. Le entrevisté cuando dirigía Alcances para la Hoja del Lunes, sentados los dos en una mesa del café Andalucía, que tanto le gustaba, donde me definió el festival como una paella en la que el cine era el arroz y los conciertos y exposiciones eran los tropezones, además de otros maravillosos comentarios. Le vi muy a menudo cuando escribía "La canción del pirata". Alfonso Perales le había dejado instalarse en el Altillo de Padilla, uno de los recovecos del Palacio de la Diputación, que servía de almacén a uno de los departamento de la casa. Allí se ubicó con su máquina de escribir manual y su montón de papeles que corregía luego de manera compulsiva. Un día de verano que estaba especialmente feliz fue descubierto por una limpiadora en calzoncillos y bailando la danza de la lluvia, como si fuera un piel roja, en la celebración de algún hallazgo o por haber resuelto su idea de novela. Quiñones fue depurado por la Diputación tras haber firmado uno de los múltiples manifiestos en los que se pedía la salida de España de la OTAN. Un vicepresidente de la época tenía sobre su mesa fotocopias de los manifiestos donde había subrayado los nombres de aquellos firmantes con vínculos con la institución provincial. Quiñones fue depurado por orden el presidente que da nombre a una fundación , ejecutado por aquel que cobró el desempleo mientras también percibía emolumentos de la propia Diputación. Así que Quiñones fue otro damnificado hace más de 30 años. Con el tiempo la Diputación le dio el merecido título de Hijo Predilecto, con lo que reparó aquella afrenta.

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